Así se pierde el voto de una mujer…..


Ayer, 8 de marzo, las congresistas dominicanas tuvieron la brillante idea de hacer una actividad de peso, apropiada a la presente coyuntura electoral.

Convocaron a todos los candidatos a la presidencia de la República a exponer sus líneas programáticas en lo concerniente a las cuestiones de género, en el evento La Igualdad Real entre Mujeres y Hombres en los Programas Electorales.  Comenzando con Danilo y siguiendo con Max Puig, Julián Serrulle, Guillermo Moreno y Eduardo Estrella, le tocaba a Hipólito cerrar el encuentro.

Todos los candidatos fueron allí a hablar de la mujer en sus programas electorales y a responder las preguntas que les hicimos. Todos habían confirmado su presencia con mucha antelación al encuentro que se constituyó en la actividad más trascendental de este 8 de marzo en la República Dominicana.

Soy mujer, madre, abuela, esposa, trabajadora, librepensadora feminista, no alineada ni militante en ningún partido, intelectual y artista, con una vida productiva en todos los órdenes, desde el profesional hasta el familiar. Como escritora, hay de mí también una parte pública de la que no reniego y trato de ser firme en mis posiciones y transparente y veraz en lo que promuevo, porque precisamente lo que escribo es mi única manera sincera y efectiva de hacer la resistencia.  De modo que estaba allí para escuchar de esos hombres que participarán en la contienda electoral lo que, en mi condición abarcadora de todas las categorías con las que me he etiquetado, me interesaba saber. Creo que hay que votar en las elecciones, porque tenemos la responsabilidad de decidir lo que mejor nos convenga. Para mí, la posición con respecto al género es de primer orden y felicito a las organizadoras de ese evento por proporcionar la UNICA plataforma, la única tribuna, en la que los candidatos pudieron exponer sus planes en relación a lo que a nosotras las mujeres nos conviene.

En un país donde en la vísperas del Día Internacional de la Mujer  fueron asesinadas cuatro por sus parejas o ex parejas, con una tasa de desempleo del 23.2% versus un 9.8% de la masculina, con porciones irrisorias de las cuotas que se refieren a la toma de decisiones (ministerios, congreso, ayuntamientos) y uno de los más altos porcentajes de morbilidad materno infantil de toda nuestra región, lo que esos hombres iban a decir allí con respecto a la violencia, la igualdad real, la paridad, la salud reproductiva, la discriminación, los presupuestos, etc., para mí era fundamental en miras a las elecciones que se avecinan y a mi voto consciente.

Esperé hasta las 4:00 p.m., hora en la que estaba confirmado el Ing. Hipólito Mejía, UNO DE LOS DOS UNICOS CANDIDATOS CON POSIBILIDAD REAL DE LLEGAR A LA PRESIDENCIA (aunque esto no sea lo que va a determinar mi voto, desde luego), para saber qué tenía para nosotras en su plan de gobierno. Mi indignación, compartida con casi todas las mujeres que estábamos participando en esa actividad, fue mayúscula al enterarme de que, a pesar de haber asegurado su participación con mucha antelación, Mejía había decidido a última hora no atender a la convocatoria, enviando a su candidato a la vice, Abinader, a representarlo. El expresidente había decidido a la franca y sin remordimientos, que ir a una marcha de mujeres con calderos vacíos era más conveniente que ofrecernos cualquier tipo de respuesta por sí mismo, privilegiando el populismo, el campañismo cada vez más irritante, la demagogia de ir montado en una jeepeta manoteando a diestra y siniestra (donde el 90% de las mujeres involucradas en esa “actividad” del 8 de marzo no pudieron ni siquiera verlo) e interrumpiendo el tránsito vehicular en horas pico de un día laborable con la respectiva disco light.

Para mí, la ausencia de Hipólito Mejía en la actividad más importante para un candidato presidencial en el Día Internacional de la Mujer, ES YA SU POSICION CON RESPECTO AL GENERO.

Si consideró el exponer sus opiniones y sus propuestas de soluciones a las inmensas problemáticas que agobian a la mujer dominicana como un asunto de segundo orden, mandando a su segundo a hablar por él y me imagino a responder las respuestas que sólo a él estaban destinadas, es porque en efecto no tiene la más mínima idea de lo importante que es el tema.

Indignadas, las mujeres que fuimos allí con una razón de peso, nos marchamos de la actividad  como respuesta a su falta de respeto, cediendo nuestras sillas a la claque de blancas enfraneladas y encapuchadas que vinieron a hacer el bulto del aplauso. Si Hipólito no podía disponer de 30 minutos para mirarnos a la cara y hablar en serio, significa que todo lo que pudiera haber planteado se convertiría irremediablemente en las usuales promesas sin consecuencias en un hipotético período de 4 años de gobierno.

No es el tiempo ya de conseguir votos simplemente sacudiendo banderas y haciendo bulla en las calles. Ni en la República Dominicana ni en ningún otro lugar del mundo el momento histórico está para eso.  Estamos acostumbrados al machepismo, a la vocinglería, a la interrupción de nuestra siesta en un domingo y a que las fuerzas se midan así: en el espanto del tumulto y en la cultura de ausencia de posiciones contundentes.

Todos los candidatos a la presidencia,con la notable excepción del que se hace llamar papá, llevaron allí lo que es su comprensión de los problemas de las mujeres y de cómo se proponen luchar por la igualdad real, por la erradicación de la violencia doméstica y de género; el empoderamiento necesario de las mujeres para combatir la pobreza, el hambre, la discriminación, el abuso que es la desigualdad y hasta el futuro del planeta que habitamos.  La salud, la educación, las fuentes de trabajo, las leyes, las casas de acogida para mujeres abusadas, el aborto terapéutico, la orientación sexual, la paridad, la pandemia de la violencia, el presupuesto asignado al ministerio de la mujer, la penalización dura y ejemplarizadora  a los criminales vestidos de maridos, novios, amantes y concubinos, la tolerancia cero,  fueron cuestiones que se ventilaron en esa oportunidad irrepetible de la que algunos y algunas fuimos testigos de excepción.

Pero también fuimos testigos de cómo pierde un candidato el voto de una mujer consciente. Hipólito Mejía, perdió la única posibilidad conmigo de que lo hubiera ponderado.

EL VOTO DE LAS MUJERES TIENE QUE SER UN VOTO DESCARNADO, GUERRERO, INTERESADO, CONSCIENTE, DEMANDANTE Y SI ME SOFOCAN MUCHO POLITICAMENTE INCORRECTO. El juego no se termina hasta que está terminado. Las elecciones no tienen ganador hasta que éste no ha sido proclamado. Un voto es un voto aquí y dondequiera.

El mío es importante y el tuyo también….

© 212, Martha Rivera-Garrido

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Roque Dalton en mis recuerdos


 

         

 (Para Luis Carvajal, Leibi NG, Sol Lora, Manuela Rodríguez, Rey Iglesias, Luchy Placencia)

Aunque a veces he pasado larguísimos períodos sin leerlo, su nombre ha sido motivo de debate estos últimos días entre algunos amigos y contertulios,  por lo que he regresado, como quien conoce muy bien el camino a casa, a la lectura de este poeta que fue muy importante para mi poesía más joven.

Conocí a Roque Dalton en el año 1978, cuando empecé a estudiar en la UASD  y se iniciaba mi militancia de izquierda. Lo encontré metido en uno de los dos millones de libros que traje de La Habana, cuando todavía mi pasaporte tenía la leyenda balaguerista “Prohibido viajar a Rusia y sus satélites”. Mi madre, que ya no está, me acompañó en aquella primera histórica vez en que aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Las Américas un avión de Cubana de Aviación. Mi pasión por la revolución cubana y los mimos a los que siempre estuve acostumbrada me garantizaron un boleto de ida a esa ciudad que a lo largo de mi vida tanto he amado y en la que también fui monumentalmente amada . Eran los días previos al Festival de la Juventud y la efervescencia de La Habana no tiene en mi memoria comparación con nada. Saliendo de la adolescencia, izquierdista furibunda, bebí cada detalle de aquél viaje y compré todos los libros y discos que mi maleta aguantaba.

Recuerdo mis lágrimas en la Bodeguita del Medio cuando vi la firma de Salvador Allende, mi pecho encendido con todas las tonalidades del rojo frente al inmenso afiche del Ché en aquél Ministerio que abandonó para luchar como Bolívar por la unidad latinoamericana, ya legendario; el ataque de asma que me provocó ver la boina de él con su estrella en el Museo de la Revolución; el sombrero de Camilo Cienfuegos y el mismísimo Granma. Los poemas de Martí en el Museo de Historia, los manglares en Bahía de Cochinos, los carros de los años 40 y 50 rodando perfectamente por la calle y los pqueños pioneros con sus uniformes rojos caminando por mi Cuba revolucionaria.

El grupo que me acompañaba, donde yo destacaba como personaje más joven, era bastante variopinto. Padres de mis amigos burgueses, los Read (el hermano de Donald, para ser más exacto), los Navarro (padres de Raulito, novio de una amiga mía de infancia) y otros más, iban por pura curiosidad turística. Perredeístas en la oposición, peledeístas en ciernes (Felucho estaba entre ellos), bohemios como Guillermo Cordero (el padre de María), entrañables como el Dr. Manuel Miniño, Sonia Caba, mis primos Marylouise Ventura  (que nunca se separó del Ballet de Alicia Alonso, pero me enseñó a pintarme los labios de rojo en aquél viaje) y Luis Garrido(quien lo había organizado), Anabelle Batlle y otros que puedo estar fácilmente olvidando, iban sin cinturones de seguridad por aquél primer tour dominicano a la Cuba revolucionaria.

Pero ¿de qué estoy hablando? si yo de lo que quería hablar era de Roque Dalton, del impacto de su poesía en mí, luego de encontrarlo en esa gordita antología de Casa de las Américas llamada Poesía Trunca.  Aquél poeta que hablaba tan naturalmente del olor del sudor y del sexo cuando se hace el amor,  de la belleza en ausencia de afeites, etc., muy rápidamente me convenció de andar por ahí sin maquillaje y con el cabello desgreñado. Su poema “Desnuda” llenó muchas horas de plenitud, leyéndolo y memorizándolo,  para aplicarlo a mis primeras incursiones en los amores “de adultos”, por llamarlos de alguna manera.

Desnuda

Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua
cuando entre sus paredes me sumerjo.

Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como a un niño perdido
que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas.

Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que se nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a la sombras los deseos me ladran.

Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.

El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

Como dato curioso podría agregar que me imaginaba a Dalton de muchas maneras; eran tiempos sin internet y los libros en los que lo conocí no tenían fotos. Esa curiosidad, como ven, puede ser plenamente saciada para las nuevas generaciones de lectores del salvadoreño.

Roque Dalton, fue un ser extraordinario destinado a la belleza, la resistencia, la militancia descarnada y la tragedia. 

Ensayista,  abogado y antropólogo, además de poeta, nació en el 1933 en San Salvador. Con formación jesuita, se educó en El Salvador, Chile y México. Desde muy joven (él siempre lo fue) militó en el partido comunista salvadoreño aunque nunca abandonó la literatura y la poesía como oficios fundamentales. Entre los galardones que conquistó con una vasta producción poética, se destacan el haber ganado tres ocasiones el Premio Centroamericano de Poesía, así como el Premio Casa de las Américas y otros. Sus libros fueron prohibidos durante muchos años en su país, aunque hoy es uno de los poetas salvadoreños más leídos y su “Poema de Amor” es prácticamente un himno para El Salvador.

Su vasta obra poética incluye títulos como Mía junto a los pájaros,  de 1957, La Ventana en el rostro, de 1961,  El Mar  en 1962, El turno del ofendido  en 1963, Los Testimonios  en 1964, Poemas, publicado en 1968, Taberna y otros lugares, en 1969 y Los pequeños Infiernos, en 1970.

Varias veces encarcelado por su militancia comunista, clandestino, trashumante en los países de Europa Oriental y en Cuba, fue asesinado el 10 de mayo del 1975, cuatro días antes de cumplir los cuarenta años,  por sus mismos compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), guerrilla a la cual pertenecía, por una falsa acusación de ser agente de la CIA. Eran tiempos terribles y generosos en disparos.

En mucha de su poesía asoma aquél revolucionario que fue capaz de ir más allá de las palabras para defender sus ideas. Personalmente, yo lo considero un visionario. Tocó temas importantes para el feminismo, la resistencia, el amor, la libetad y los problemas sociales de su país y de nuestra región.  

Dos poemas de amor (estos no porque sean mis favoritos ni los mejores, sino porque me están hablando) y uno premonitorio, quiero dejar en mi blog como un pequeño homenaje. Para que quede su voz aquí, donde es reclamado.

Mi amor por ti es mucho más que amor…

Mi amor por ti es mucho más que amor,
es algo que se amasa día a día,
es proyectar tu sombra junto a mí,
hacer con ellas una sola vida.

Las miradas que ya al conocer
se hablan entre sí en la distancia,
no hacen falta palabras…qué más da!
si ya interpretamos lo que claman.

Los mil detalles que tienes tú por mí,
mi descaro al advertir en lo que fallas,
el sincerarme cuando hay que decir
lo que sinceramente no se calla.

Mi amor por ti es mucho más que amor.
Mi amor por ti es como una nevada,
un torrente de luz, algo tan bello…
como ponerse el sol o amanecer el alba.

 

Tu compañía

Cuando anochece y tibia
una forma de paz se me acerca,
es tu recuerdo pan de siembra, hilo místico,
con que mis manos quietas
son previsoras para mi corazón

Diríase: para el ciego lejano
¿qué más dará la espuma, el polvo?

Pero es tu soledad la que puebla mis noches,
quien no me deja solo, a punto de morir.
Somos de tal manera multitud silenciosa…

 

Alta hora de la noche

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
porque se detendrá la muerte y el reposo.

Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,
sería el tenue faro buscado por mi niebla.

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto
desde la oscura tierra vendría por tu voz.

No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre,
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.

 

(c) Derechos Reservados

 

 

 

 

 

 

 

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Estatutarias del Libro de las Caras III


De la Clinicada

 Toma corazón, te regalo esta carta tuya sin llegar. La que estuve esperando con los ojos y las sienes. La misiva de céfiro que rompí en mil pedazos sin leer. La que nunca llegó y la que nunca toqué. Quizás tu despedida. Después de todo, no fuiste el ángel de papel. Al fin y al cabo, sólo un refugio gris en la tarde de mi azul vida ya vivida. Una marca de fuego en la rosada línea de mi frente. Un ademán batiendo el tiempo en mis manos violáceas. Una boca expectante en el segundo del tacto y de la lengua. El arte de inventar el arte, desde la madrugada descalza hasta la noche que se viste de aturdimiento. Una canción ajena en el resplandor del quebranto y de la niebla. La fuga y la prisa del monólogo, en el segundo urgente de lo ineludible, del reclamo ahogado de lo agónico. Toma corazón, es tuyo este dolor, yo no lo quiero, para que nada nos una como dijo el poeta de Isla Negra. Ahora que me desprendo de tu pobre egoísmo en sístole y en diástole, soy más bella que nunca en el espejo del aire. Soy más leve que nunca en ceniza y en verso. Olvidada de ti corazón, soy perfecta en mi muerte. Más que el ave.

*****

La plataforma de luz espera a la que espera. La aguja en el mercurio, el apósito hidropolimerico que cubrirá la saga de agujeros violáceos en la piel de la que vuela. Un temblor repentino en las piernas no es más que el frío del cristal que aísla el fuego. Las caras tatuadas bajo la gasa blanca profiláctica, se preparan escondiendo la sonrisa de los verdes enmascarados. No hay dolor que no sea pasado en esta semántica del hielo; la de la bandeja espejada donde tiemblan los hilos de cobre y el escalpelo piadoso. Un manantial de olvido viajando hacia adentro en la espina dorsal y la que espera ya no espera. Es delicada y alucinada y balbuceante. Los labios que besaron con desesperación inmóviles. Los ojos vidriosos que miraron con exaltación no miran. La lengua que recorrió la nervadura del árbol empinado a su pelvis se ha resecado. El cabello trenzado se empapa en la miel del cloroformo. Las manos infladas se deslizan hacia la ausencia de albedrío. Cuando regrese la noche, ha ordenado que la vistan con una falda azul de la India y una camisa que transparente su seno de madre y de valquiria. La carne al descubierto y el cabello cubriendo las heridas desnudas. Los parpados rosados y la boca entreabierta susurrando una canción regalada. Ella nombra las cosas para saber que existen. Cuando dice milagro, dice olvido. Y escapa.

*****

 Tistú fue un bebé que nació entre las páginas de los libros de mi infancia; con sus pulgares verdes era un Midas que en vez de petrificar en oro el hambre y la codicia, tocaba convirtiendo el todo en una alegría vegetal. Anoche dormí exactamente una hora y quince minutos, y soñé con Tistú. Más bello que Pulgarcito y que Led Zepellin, este bebé de bucles anaranjados y cara redonda jugaba con sus pulgares a tejer una escalera hecha de sol y de hojarasca. El tufillo a medicinas se despedía de mi garganta, en medio del ventarrón que casi me arranca del noveno escalón donde florecían las ortigas. Mis pies descalzos se desprendían en el aire y subían hasta la piel de brócoli del descansillo, en la que me empinaba para mirar por encima de mi hombro como me enseñó el maestro. ¿Quién me espera allá arriba? ¿La voz querida que supo ahuyentar el canto de sirena del dolor desviándome a su regazo? ¿La voz poderosa del rector que ordenó en mi niñez y en mis libros la vocación de nobleza? ¿La voz olvidada del joven enamorado que alimenta mi melancolía? ¿Quién me espera allá arriba? ¿Qué?

*****

 Entre Artaud y yo existen el amor y un médico. Uno que no entiende como yo que la madrugada esconde al vértigo. “Duérmete” no es simplemente un vocablo o una conminación arbitrariamente susceptible, ¡oh no! Es un pedazo de plástico sobre una gragea rosada, que a las 3:38 a.m. se convierte en una rosa. Entre Artaud y yo están un poema de Pere Gimferrer que él nunca leyó y el tormento de una pantalla de fondo donde dos boxeadores asesinan la ternura. También están el dolor y la gallardía del silencio. Una cuerda donde la existencia no es otra cosa que la equilibrista tambaleándose en su tutú color carne. El túnel en el que vas cayendo poco a poco, mientras te desatas de los tubos plásticos que ensartan tus arterias.

 

De la Loca Alada

 

A las 3:12 a.m. respira otro animal, uno sin nombre y sin hogar, sobre mi pecho. Allá, en la ventana lejana, María espanta con su aliento las virutas del carpintero que fabricó la cruz de su progenie, mientras en los jardines del Louvre un hombre intenta volver a besar el torso de una estatua sin cabeza. En mi sueño de cristales triturados entre los dientes, la Victoria de Samotracia es viñeta de la amante resentida que llegó temblando a mi regazo. Yo respiraré asistida por el presagio y la dulzura de las palabras que todavía me debo y que me deben. La cabeza inclinada hacia el fondo del Sena de Camille Claudel, el cuerpo vagando entre las palmas de dátiles de Jerusalen Año 0.

*****

Anoche estuve peleando conmigo y perdí. Soy más fuerte que yo. Sin embargo, en la madrugada yo tuvo un pleito aún más grande conmigo y ganó. Definitivamente: Soy más fuerte que conmigo.

*****

 ¿No lo sientes? El cristal cruje al quebrarse bajo tus pies. Debajo está el mundo. Ha quedado atrapado, engarzado adentro de una burbuja de hielo. Los vegetales se tuercen buscando el aire en el aire, y los ojos de las criaturas sin llanto buscan el agua en el agua. Arriba, erosionando con tu fiebre la grieta helada, tú llegas mudo de polvo, hinchado, herido por el aguijón envenenado de ilusiones más que marchitas. Marcas un teléfono para repetir frases y sonrisas, pero es tarde. La voz que ahora buscas llega como un eco desde el abismo sin sol que es el mundo, junto a la memoria de otras voces que enterró tu desidia. Cierras los ojos para imaginar un rostro antes terso, en tanto tus manos se mueven como acariciando una sombra. Tocas sin tocar la piel rugosa, la carne blanda, las pendientes dudosas de un cuerpo que ya es tiempo. Hace muy poco dijiste adiós y ahora tendrás que volver a hacerlo. ¿A quién… a qué? Necesitas hundirte y arremetes con los puños la burbuja herida, viendo como se desangran en la grieta que es enorme y aún así no te da cabida. Estas fuera. Eres libre. Estás solo. ¿Lo sientes?

 *****

Anoche yo estaba en mi ventana, quieta, muda y expectante. Un piano latiéndome en la garganta. Te vi montado de nuevo a la grupa de Sancho Panza. Pequeño animal en busca de ilusiones desteñidas. Clic, clic, tres cubitos de hielo en el vaso y los dedos regordetes aferrados al ámbar líquido en el cristal palpitante, como una sonaja. Casi en silencio, mirando por arriba de los espejuelos, con una sonrisa cortada a la mitad la esperaste. Ella reía y tú mirabas sus ojos pequeñitos. Buscándola en ella misma sin encontrarla, estuviste a su lado, la tocaste, le hablaste y te fuiste. Y ella seguía sin ser ella. Sin ser el espejismo donde tu sed lame el whisky y sigue perdida. Tú no eres tú. Ella no es ella. Nada es nada.

*****

Ella sabe. Algo muy dentro de sí le ha dicho que está bien sentir. Que es maravilloso poder amar sin ninguna ambición lo que se ama. Que más allá de la soflama del vahído insomne, es bueno evocar cada noche fantasías de plenitud; poemas dibujados con esperma la tarde del viernes en sus blancos muslos; crónicas silenciosas del gemido que resuenan como un disco de lentas revoluciones en las sienes. Ella conoce el pasado y el presente y el futuro de las manos que abrazaron las suyas hace once minutos en el tranvía. Las mismas que ahora buscan los controles de la calefacción y colocan cuidadosamente una camisa de cuadros azules en el sofá gris. Ella es la sacerdotisa tibia que va nombrando el destino, el leve destino de la cabeza rizada que se acuesta en su vientre y levanta un rostro hacia su rostro buscándole la lengua. Ha recorrido esa piel pocas veces con sus papilas encendidas, pero la sabe o la imagina de memoria. Sabe el momento justo en que él la reclamará más cerca que todo lo cercano y se deja llevar por el ritmo de su propia agonía, pidiendo con una fe desconocida el favor de la vida. Todo lo que ella es, es lo que sabe, que es precisamente aquello que él ignora. La terrible profundidad de ese silencio póstumo, cuando todas las flores se cierran al contacto de sus piernas. Va a decir adiós como cada vez, pero comprende que es mejor fumarse un cigarrillo. Quedarse inmóvil en la almohada mirando los espejos del techo, mientras él limpia los restos del absoluto que fueron cuando creyeron ser uno. Ella sabe que él no existe. Que es ella quien lo inventa. Y se va sin retorno pero vuelve, para seguirse yendo siempre, siempre, siempre. Siempre.

 
*****
 
  

Y al final lo hiciste. Fuiste, viste, besaste, tocaste, te engañaste una vez más. Regresaste a la carne y a su perfume de plástico, a las palabras que no hablan, a las miradas subrepticias, al entusiasmo inocuo de vivir el pasado como un espejismo del presente. Te enredaste de nuevo en los sargazos, como un viejo barco que olvida el lugar exacto donde antes encalló. Sonreíste, viajero de ti mismo, y tu corazón sopló al mismo tiempo sus burbujas y su tos. Almidonado y compuesto, peinado y gelatinoso, pequeño bizcocho con el suspiro rancio, animal en la tarde de una pasión otoñal, te convocaste al delito de volver a ser falso. Manejaste con prisa en tu carroza negra, en los sillones de corcho, con la esperanza gris de volver a sentirte inmortal en la fijeza. Ahora regresas abatido, seco, liviano y soñoliento. Con la alegría desteñida de quien inventa la felicidad. Te equivocaste de nuevo, amigo atenazado (¡Suspiro!). Pero no para todos pasaste desapercibido, porque yo piso los talones ajenos con mis pies descalzos y mi mirada ecuatorial te alcanza, buscando siempre el cristal. Ahora que retornas las pisadas sigilosas, casi levitando en un silencio nervioso, puedo decírtelo sin ambages: Yo te vi.

 

*****
 

Transfuga, delirante, viajera. Camino por corredores y pasadizos casi goticos que me llevan del sueño que sueño dormida al sueño que sueño despierta. Te busco con los ojos abiertos y sigo sin encontrarte cuando los cierro. Ya no miro retratos y entonces te desvaneces. Vas hacia tu pequeña nada sin que yo pueda salvarte. Sólo tu nombre se dibuja como un tatuaje en la cicatriz de mi espalda. La que dejaste cuando arrancaste de un tirón una sola de mis alas. ¿Quién dibuja con navajas en la piel de los pájaros? ¿Quién trafica mariposas en heladas pantallas?

 
*****
 

No estoy. Hace unos días cerré la puerta pero se me olvidó dejar el manubrio afuera. Ahora lo tengo en la mano y estoy intentando colocarlo en la ventana. Tengo algunas herramientas en los bolsillos de mi pijama. Un poema de Robert Frost que está en el wall de mi hijo, dos pétalos de una rosa helada que me traje del jardín de uno de los manicomios donde conocí a Artaud; el sonido de una serpiente que se arrastra convertido en instrumento por mi hada madrina, sssssssssss; la herida que me presta su aceite para suavizar mis nudillos afiebrados. No estoy, hace días que hablo desde un altavoz. Por eso piensas que me escuchas, pero es el eco de la insomne alucinada, de la antigua enamorada, de la loca que empuñaba asteriscos y relojes y sonrisas. Sólo podrás verme cuando abra yo la puerta desde adentro, cuando me brinque por una ventana, cuando….  No sé. Es que no estoy.

 

De la que dice cosas

Esta tarde, he estado leyendo a Cernuda. Como si me llevara un ángel de su mano, llego a ese otro gran poeta que tanto lo influenció. No hablo de Gide, aunque podría decir lo mismo en ese caso, sino de Friedrich Holderlin. Entonces voy a mi biblioteca y busco las traducciones hechas por el andaluz del alemán. Un libro conduce a otro y éste al siguiente, como una gota de mi mar se confunde con el agua de todos los océanos. Por eso, gracias al estado de Gracia en que me encuentro, voy más allá de Cernuda y de Holderlin para llegar de nuevo hasta ellos mismos. En la trenza se suelta un bucle rubio y miro a los ojos a Susette Gontard, la Diotimia del atormentado Friedrich. Entre las manos de ella tiembla una diminuta rosa reseca. Yo sé, como Mieses Burgos, que “cuando la rosa muere deja un hueco en el aire que no lo llena nada”. Así, de la mano de este maestro dominicano regreso lentamente a mi casa, y es aquí donde leo, escribo y vuelvo a empezar.

 
*****
 

A las 4:00 a.m. me desperté de un sueño raro, en el que las páginas de un libro de cristal saltaban sobre mí fracturándose en miles de partículas filosas, mientras yo me cubría la cara con las manos. Me quedé quieta en la almohada, buscando alguna significación para ese sueño y recordé que antes de dormirme estuve pensando con tristeza en esos sitios en la Internet donde libros y pensadores son reducidosa minúsculas citas y epígrafes que la gente lee y utiliza, muchas veces fuera de contexto. En Facebook, la gente cita a Cesar Vallejo, Vicente Huidobro, Platón, Freud, Khalil Gibran, Unamuno, Bosch, etc., pescando frases con una caña envenenada de esnobismo en Wikiquote. El pensamiento, las abstracciones, la lectura profunda dejan de ser interesantes, y una suerte de superficialidad llena de palabras infladas de helio va poblando las historias personales de quienes posan en las redes sociales y hasta en los blogs, buscando una fotografía inteligente para la posteridad de lo inmediato. Pensé con nostalgia en un tiempo donde la información no se apilaba en un vertedero de conocimiento cibernetico y en el que los textos se leían antes de ser citados y exprimidos en exergos. La ligereza de lo inmediato, la des-imantación de la fijeza, la mentira, la máscara, el grito silenciado. Supongo que en se momento tembló la tierra y mi teléfono empezó a sonar. Todavía no para.

  
*****
 
 Me llevo el 2011 en un bolsillo.  No sé qué hacer con él pero lo guardo. Este fue mi primer año de orfandad y de extrañar a mi madre sabiendo que algo se rompió muy adentro y que en lo adelante seré a perpetuidad un puzzle incompleto. Cambié. Viví. Enfermé y me fortalecí. Por primera vez, tal vez, me atreví a vivir un poco para mí misma. Me arriesgué a tejerme vestidos de viento y de relámpago. Llené de arena mi sed y de agua mis alfabetos. Me equivoqué y cambié el rumbo. Fui certera en la niebla y navegante sigilosa en los misterios. Conocí algunas máscaras y falsedades, pero no me dañaron, porque mantuve intactos el corazón y el silencio. Mentí poco, solamente lo necesario, pero dije mis inmensas verdades sin vergüenza y con vehemencia. Abrí el pecho para dejar libre mi alma trashumante. Transité los insomnios y construí una canción, que es un grito en la noche de los sordos. Terminé algunos libros y empecé otros. Fui infinitamente más amada de lo que merezco y en algún momento amé a quienes no lo merecieron. Sigo aquí, habitando mi planeta vegetal y mi lengua. Seguiré resistiendo.

 
*****
 

 Una certeza al amanecer, una sola, y la vida entera vale la pena.

 

 

(c) Martha Rivera-Garrido, 2012

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Pensemos en el Futuro!!!!


“Ante toda señal de autoritarismo, de control sobre la ciudadanía, de apropiación privada de bienes comunes como el conocimiento social, el manejo desde corporaciones de intangibles como la base tecnológica del desarrollo acumulado por miles de generaciones sobre el planeta, ante la disminución y codificación de los sujetos individuales y sociales siempre hay que preocuparse y ocuparse. Hagamos ejercicio de ciudadanía global, actuemos como podamos contra esta propuesta. “

- Alina Cepeda

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Último Fragmento al Memorial: las Cartas de Richard


 

La riqueza de una relación como esta, no sólo se manifiesta en la plenitud de lo estrictamente vivencial y en la permanencia en el tejido mismo de lo que se constituye en biografía.

La complejidad de aquellos diálogos, la abstracción individual de una sola idea y en ocasiones de una sola palabra, sólo puede darse entre seres inmensamente compenetrados (más allá incluso de lo comprensible) con el pensamiento y en(entre) sus pensamientos.  En la distancia siempre somos  para los otros personajes extremos, y el esfuerzo cognitivo por VER y SENTIR al ausente, agudiza todos nuestros sentidos haciéndonos vivir quizás demasiado sensorialmente, es decir a flor de VIDA y bajo la luz absoluta dela IMAGO. Entre dos escritores, de la misma generación y en la misma región, salvando las distancias de sus realidades individuales, esto multiplica el peculio de contenidos transcendentales.

Así, la pequeña  carta que traigo hoy al blog, en una sola de sus líneas, produjo en mí una serie de cavilaciones avaladas por el planteamiento de José Lezama Lima: “… hay una red de coordenadas en la poesía, que lleva al hombre a la visión de la gloria: a la resurrección”, que se irían desanudando y desnudando en mis conversaciones con el poeta.

Estudié a profundidad la generación correspondiente a la mía en Cuba, la de Richard, y no sólo su poesía sino la de muchos de sus representantes. Años después, presenté este trabajo de análisis y de compilación en Madrid, invitada por la Casa de América, cuando los españoles vivían la fiebre de “lo cubano”, a principios de la década de los noventas.  

Me permitiré subrayar la afirmación de Richard que desencadenó en mí una búsqueda  de respuestas y que me estimuló a articular una respuesta, desde luego esbozada solamente por él en su cartita, pero desarrollada por los dos en nuestras largas conversaciones.

Después, y preguntándome si todavía no tendrán vigencia algunos de mis propios postulados, transcribiré el fragmento inicial de mi ponencia, el cual también fue un texto que evolucionó desde una de mis conversaciones con él, hacia el documento. Es en la densidad de esos párrafos donde realmente subyace la revolución que fuimos el uno para el otro.

Luego tendré que hacer silencio. Puesto que me propuse hacer un homenaje al amor, la lucidez, la felicidad, la fijeza y la vida, no tengo deseos de aproximarme de manera torpe ni tortuosa al final, de ninguna manera. Esas otras cartas han de quedarse para otro momento.

No es fácil para una mujer, con el peso de las tradiciones y esa cultura de propiedad por parte de nuestras parejas que todavía nos flagela, hablar detalladamente de su pasado, por más hermoso, ingenuo o luminoso que este sea. Inclusive por más muerto que estuviera. 

A pesar de lo especiales que son MIS OTROS, publicar estas cartas ha sido para mí un ejercicio de RESISTENCIA. 

Un paso a la vez, dije al principio, porque siempre presentí la posibilidad de tener que callarme antes de tiempo. Bastará con decir que después de perder a Richard he sido feliz, que he amado, que soy y he sido muy amada, que tengo una familia preciosa y una vida que muchos quisieran para ellos. Que he escrito mis libros y viceversa…

Pero los pétalos de la rosa helada preservada por Artaud nunca se derritieron. Quizás cuando yo muera, habrá dos senderos de agua salada desbordando mis ojos cerrados para siempre. Con mi propio final, habrá llegado el deshielo.

XI FRAGMENTO DEL MEMORIAL DESPUES DEL MEMORIAL

10 de Marzo y Te Amo

Hoy me levanté en mi casa leyendo el Memorial de Isla Negra, sin dudas contigo. Tengo el deseo de decirte tantas cosas que sólo son posibles de hacer llegar con el propio cuerpo.

Volví sobre el poema de John Ashbery (AUTORRETRATO EN ESPEJO CONVEXO); es fundamental para saber que algo ha cambiado en el destino del verso y de la escritura en general

Ayer, cuando salí con R a buscar unas medicinas (que finalmente nunca encontramos) llamó S para poder verla antes de irse y entregarle estas últimas cartas; yo esperaba su llamada como espero todas las cosas relacionadas con poder tener algún tipo de contacto contigo y ya habia dejado a G en alerta para que tomara el recado…. Hoy voy a llevar estas cartas…

Te extraño mucho, ven lo antes posible para vivir ese absoluto que hemos entendido. No dudes mi amor, no mires atrás. Esta ciudad te extraña a ti, a tus cabellos locos y tu risa que estremece. Tu forma de correr descalza por la calle, la tristeza que sale de tus ojos amarillos cuando no puede alguien complacerte y los ruidos que haces cuando tomas el té o esas canciones en perfecto acento del inglés que cantas cuando te bañas. Tus pequeños desordenes que quizás me toque arreglar toda la vida y no me importa, las gesticulaciones con tus labios cuando hablas y la vehemencia con la que discutes todas tus ideas. El otro día me encontré con T y me preguntó que cómo andaba mi bella aérea. ¿Ves mi amor? No sólo yo pienso que andas distraída siempre.

Todo lo poco que tengo te pertenece. Mi casa, mis libros, mi vida. Puedes hacer lo que quieras con todo eso. Ven a ordenarnos, a tomar posesión de mí y de mi circunstancia. Quiero ser tu esposo hasta mi muerte.

También hoy he estado leyendo los cuentos de Hawthorne, por cierto un preferido de Borges; este librito que me mandaste es exquisito… si puedes trata de buscarme cosas de John Barth (yo lo único que tengo de él es Lost in the Funhouse, preferentemente en español, pues me cuesta mucho trabajo leerlo en inglés. También si encuentras algo traducido de Thomas Pyncher o de Jhon Ashbery: como te puedes dar cuenta ahora me ha dado con los norteamericanos postmodernos (qué locura ¿verdad?)…

Ya casi me despido de ti… Te ABRAZO y te BESO mucho… Te espero sin dudas de ningún tipo en mi cabeza… con muchos deseos de abrazarte…. Escucha mi mensaje más allá de las palabras y duérmete en él hasta que regreses.

Otro beso grandote de tu niño que te quiere por siempre. MI AMOR otro beso.

Richard

Visión de la Gloria: Resurrección (Encuentro con la Novísima Poesía Cubana)

(Fragmento)

(,..) El exergo es de José Lezama Lima, y así como él, y nosotros y el mar, “siempre empezando”, hemos vuelto las páginas de un poema que no terminaremos de escribir, porque no podrá ser gracias a un ejercicio de “ética de la forma”, ni podrá ser tampoco el cementerio marino de Valery, donde enterrar los huesos y los corales, y la imagen de un tiempo que nos arrastra después del incendio, entre sus humaredas, de muro a muro y de sueño a sueño. Algo ha cambiado en el destino de lo humano, porque algo ha cambiado en el destino del verso.

 Víctimas de la mirada siempre escandalosa del amor,  hemos sido testigos del latir, crecer y derretirse del iceberg de las ideologías: sobre la frente “ancha y ajena” de Althusser, chorreando sobre la enorme nariz de Sartre, pasando por las barbas encanecidas del León de Westfalia, hasta llegar al pene, escrupulosamente asesino, blanco, puro y pederasta de Foucault. Gropius abandonó a su Bauhaus, dejando junto a Klee su nombre de “Príncipe de plata”, para pasar a ser un “Dios blanco” de la modernidad en Harvard.

Yo y mi generación, mi generación y sus otros (aquellos que la continúan porque la antecedieron), hemos visto nacer un corazón de plástico tras las rejas desde las que Antonio Gramsci vio un porvenir de viñetas picasianas para sus hijos, sobre el lomo cálido y desteñido de una joroba.

Los testículos ácidos de Woodstock traían en sus espermatozoides otra información genética, distinta a la de Florencia o la de Jaruco. Los hippies que llegaron a Nueva Delhi buscando sus mandalas y entonando sus mantras, no descubrieron mejor a Shiva que a Buda, pero inflaron de opio y de hachís el presente de un Richard Gere por el que se masturba “La humanité” en las salas de cine, o en los rayos violentos de la parábola. El norte también estuvo presente, ¿por qué negarlo?, aunque sus vientos siempre fueron de verano, cuando la única primavera fue la de Praga y, por supuesto, el invierno nos quedó calientito aquí, en este mundo tercero desde el que intento junto a Lezama y a sus hijos esa red de coordenadas en la poesía . (…)

¿Dónde estaban los poetas, aquellos que se alimentaban de las contradicciones de su tiempo? Los 50´s, los 60´s, los 70´s, parieron un monstruo tan hermoso como una flor, y esa flor somos nosotros, los testigos de la ausencia; los bastardos del arquetipo, los disidentes del paradigma. Vomitando junto al último guerrillero que se apeó del Granma, mártires todos en Bolivia junto al Ché, dormidos en la tumba de Cortázar en Montparnasse, en la tumba de Vallejo en Mont rouge. Nosotros: los habitantes de la postmodernidad, es decir dela NADA, refractados por los pétalos de la rosa helada que preserva Artaud.

Y ayer fue febrero, fueLa Habanay fueron sus poetas, mirando la silueta de uno de los últimos paradigmas con el rabo del ojo, ya sin tufillo a ajo, dándonos cuenta de que también allí y desde allí, igual que aquí y desde aquí, algo ha cambiado en el destino del verso.

Estos son también (nunca dejaron de serlo) los hijos de la revolución. Definiéndose en otra fijeza, en otras semejanzas y en otros desencuentros. Ahora, más que nunca, escribiendo como sus desgarramientos desde la revolución y sus revoluciones: desde el dolor.

Nos encontramos en un momento de ruptura, en el internodio de una soga que se tensa. Tiene que ser otra la poesía en el poema. La poesía como experiencia ontológica, la que aproxima el ser a sus tensiones, dejando de ser descripción del mundo para salvarse, es decir para crear su propio mundo.(…).

(…) Es este el intento del poeta de salvarse en la duración incompleta del poema.

© Martha Rivera-Garrido

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Fragmentos al Memorial: Segundo Paréntesis


 

 

 

Emparejando un Poco

 Esta carta está numerada como la IX Carta al Absoluto  y estoy casi segura de que fue la primera que escribí como respuesta a las de Richard, lo que queda demostrado en la exclamación del principio y en la referencia en el título al recibo de Fragmentos a su Imán. Las ocho primeras cartas habían sido escritas al igual que las de él, en forma de diario.

 

IX Carta al Absoluto: Fragmento después al Imán

 

Adorado niño:

¡Tus cartas! Pedazos de papel, encajes donde se desangra un Cristo. Novias mías, que como toda novia me llevan a la plenitud de los rituales.

He tenido que meterme por todos los vericuetos posibles esta mañana para llegar a casa de S y buscarte, porque no podía esperar a que ella descansara de su viaje.

Si alguna duda, una brizna, una pajita de sombra, un ruidito inexistente me hubiera perturbado, hoy estoy más cerca del sol que su propia luz. Te amo y te necesito. Esta soledad ya va siendo insoportable y tus cartas, en vez de mitigarla, la acrecientan. Estoy tan desesperada dentro de mis absolutos que me he prometido no escribir un solo poema hasta que te vea. No me importa que estalle toda la literatura dentro de mí, después de todo las cosas no son si no las toco.

(…)

Lo único que puedo hacer es leer. Paso de Ricardo Reis a Caeiro. Sigo por un memorial de nuestro amor. Leo los poemas de Cortázar en Último Round,  y es ahora cuando puedo entender todo lo cursi que puede ser el amor. Busco a Ballagas, a Rilke, a Valery. Me desangro en una novela de Tony Morrison.  Pruebo el bloqueo que llevó a Jane Bowles a la tumba y escupo junto a Paul Bowles. Busco las respuestas de Sartre a Simone en La Ceremonia del Adiós. Converso con Borges en Ficciones y abruptamente recibo el aliento glacial de Elliot en su tierra baldía. Vuelvo a leer el capítulo del asesinato en las memorias de Althusser. Me abrumo con los abismos mallarmeanos. Lloro sobre las cartas de Diotimia a Holderlin. Vuelvo a mis orígenes: Vallejo, Unamuno, Ortega, Huidobro, Clarice Lispector, Djuna Barnes, Lezama, Broch, el fantasma de Kafka. Repaso las cartas de Paul Eluard a Gala y miro la portada del último suspiro de Buñuel. Gozo los insultos de Gilbert-Lecomte a Bretón (por su enorme autoritarismo). Pienso en Benjamin Peret, en Meret Oppenheim (la piel del surrealismo). Te busco en la ciudad de las columnas que Carpentier tanto amó. Y regreso a ti desde ti mismo.

Pero no sólo leo, sino que me tiendo en la música, “misteriosa forma del tiempo” (Borges). Me dejo ir en un segundo de Keith Jarret, en una plegaria sintetizada por Kitaro, en El Mar de Debussy, en una sonata de Stravinsky, en Miles Davis, en Pink Floyd, en lo que sea…

Y también te he buscado en todas las imágenes posibles.

Pero necesito tu cuerpo. Tu voz. Tus silencios repentinos, tus pisadas lentas, tu mirada azul inquietante, tus abrazos de media noche, los rizos de tu pelo rubio y largo y rebelde, tus abruptos “Nabokov…”.

Le pido a Cortázar cada noche que me lleve hasta  ti, porque entre tú y yo el mar es más ancho que los miles de kilómetros de agua salada que no separan. Entre tú y yo está la palabra, está el lenguaje, esa modernidad metafísica desde la que me nombras, esa postmodernidad esquiza desde la que me llamas. Y eso que está entre nosotros es lo que nos hace dejar de ser dos para ser sólo uno. Y tengo que llegar a ti desde el centro de esas distancias que nos aproximan. Quiero saltar al punto blanco y nacer de nuevo en tus ojos. Ahora soy yo la que no quiere ruidos.

Esta mañana me miraba en el espejo y sonreí. Tenga cara de niña. Hay un misterio temblando en mí “en ese ensayo general del Fin del Mundo que es nuestro siglo, te veo (…)”, ya sabes, Lezama.

Poesía, segundo escritural en el que nos alejamos para seguir estando cerca. Encuentro con la palabra. Palabra que inventa nuestras manos y nunca viceversa. Lo bello es el vértigo, el rostro del asombro, el miedo de mirar y al hacerlo mirarnos.

Frente al poema, un rostro que sangra porque le ha sido arrebatada su máscara. Negar para afirmar. Destruir para crear. Condenarnos a la vigilia del movimiento. La poesía es un destino; el destino es un círculo que recorre el azar. En este rostro que me contempla en el espejo está todo lo que me antecede y también su principio. Más allá de la imagen está la imaginación (¡Oh Imago de la luz!).

Quédate donde estás, porque estoy fija en ti y tú eres mi única fe.

Te adoro niño de mi vida.

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Fragmentos al Memorial: Primer Parentesis


Es domingo cuando continúo este trabajo inefable de reconstruir un tiempo escritural y sensorial casi sagrado de mi vida. Cuidadosamente ordeno las cartas de Richard y los papeles de todo tipo que tienen que ver con él y que mi madre guardaba celosamente. Me pregunto cuándo decidiré parar, porque sé que lo haré. Hay dolor en lo bello y en su elipsis. Y existe un final.

Un maestro muy querido y sabio que ha venido navegando conmigo en medio de las tormentas (han sido muchas) que he vadeado para decidirme a publicar esta correspondencia,  me llama la atención hacia el hecho de que en algún momento se producirá un desfase entre las cartas de Richard y las mías, es decir en el dialogo de dos escritores caribeños que de alguna manera toca otras aristas que no las puras y casi simples de dos novios enamorados. Por eso este será el primero de dos paréntesis. El segundo lo haré con un par de mis cartas a ver si emparejamos.

Esta historia es exactamente eso: una historia, que es a la vez mi vida, o un instante importantísimo de ella, y si voy a desnudarla aquí y ahora por escrito, aunque guarde nombres y lugares por un prurito personal y privado, quizás sea importante ambientarla para convertirla en un verdadero fragmento memorial y contextualizar su trascendencia. Después de todo, en el fondo no hago sino conciliar el pasado con lo que soy. Poner una pieza en el puzzle de mi ontología.

Nada mejor que el único documento escrito a otra persona, que no Richard, sobre mis primeras impresiones de todo aquello: la carta que escribí a una amiga chilena que me acompañaba la noche en que conocí a aquel ángel en La Habana, hoy directora de una importante publicación en su país, y a quien abandoné por completo para entregarme a la fijeza.

 Esta carta fue un poco un mea culpa de abandono, ya que todos mis planes, agendas y compromisos quedaron violentamente abandonados por mí durante aquel viaje, afectando un poco a la amiga, a quien ya en Santo Domingo le expliqué todo de la manera en que transcurre la siguiente carta…

Entrañable V:

Sólo puedes estar en el punto más neur(algico)otico de mis recuerdos. Con una suerte de arrepentimientos, que van desde una despedida que no pudo ser, hasta la sonrisa bella de tu hijo a las 10:00 de la noche de nuestro último día en el Capri. Los arrepentimientos tienen el sino de las promesas. Por eso, tarde hoy, escribo estas líneas para volver a la tibieza de tu amistad chilena y a ratos mística.

Fui a _____, un pequeño lugar que está lejos de la tierra. A las doce de la noche, y después de correr desde El Vedado hastala HabanaVieja, alcanzamos a tomar el autobús donde, por una hora y acaso algo más, viajé de pie y recostada contra los sueños. Para entonces, tenía ampollas en un par de pies hasta este viaje vírgenes. Pero el dolor era tibio y me calmaba otros dolores más desespera(ntes)dos.

Un silencio macondiano nos recogió en la parada del autobús. Caminé hasta la casa de Richard con una convicción inusitada: debía vivir aquello, y para hacerlo tendría que sangrar.

Por segundos recordaba la conversación que había tenido contigo horas antes. Entre tu rostro y el mío (ahora firmemente entrañables) quedo la sonrisa plácida de Marguerite Yourcenar.

La casa es indescriptible. Es, literalmente, llegar al No Lugar. Yo (te confieso) estaba preparada  para cualquier cosa, pero nunca para tanto orden, para tanta perfección. Si Richard (ya lo conociste) nos remite inmediatamente al caos (al caos organizado de las interrogantes, del infierno interior), su casa es la articulación de una realidad distinta y ajena (como en general es el mundo todo). Hay rosas en el jardín,  y exquisitos muebles de caoba de principios de siglo. El asombro mayor son las butacas del comedor, de cuero, que bien podrían bailar en tu Isla Negra. Todo muy limpio y muy grave. Una nevera del tipo que jamás había visto, tiene la virtud de hacer ruidos espantosos.

La habitación de la madre muerta puede ser de cualquier color, pero a mí se me antoja absolutamente rosada. Parece como si su propio fantasma se encargara de cuidarla y ordenarla. El espejo (enorme y único) me devolvió una imagen desnuda de mí misma como salida de un óleo del Siglo XIX. Allí pude preguntarme sin rubor ¿qué somos realmente? Sin poses ¿Qué realmente somos al interno de la noche? ¿Cuáles son los ojos que cierran la mirada a la oscuridad de las lámparas? Estuve, puedo jurarlo, demasiado cerca de la luz.

El espacio Richard en la casa es más pequeño. No sé cómo cupimos los dos en aquella cama. Supongo que por una voluntad DEL SER de ser dual y a la vez univoco. Los libros más extraordinarios, primorosamente organizados, algunos de pie y otros acostados. Blanchot, Holderlin, Lezama; Nietzsche, Proust, Celine… y una máquina de escribir antigua y transparente, también pequeña. Podría pasar años sin salir de esa habitación, y francamente espero poder hacerlo…

Tarde bebí todo el alcohol que pude y amé todo lo que pude (que siempre fue demasiado poco).

Cuando desperté estaba sobre una de las rosas nocturnas, indescifrable y alguien, como siempre pero mejor y en silencio, organizaba mi vida. El té, la ropa en un sillón… Como una muñeca fui bañada, peinada y alimentada. También lloré, pero eso era previsible.

El regreso a La Habana fue lento y esta vez sentados. Un abrazo para todas las horas de ventisca. Creo que fue allí donde terminó mi viaje.

Es una pena que esto le toque a un ser tan racional como puedo llegar a ser cuando lo decido. Tengo miedo de perder esta magia, de perder lo más hermoso que he tenido. No sé V, no lo sé, si daré este salto. Pienso en mi bebé, en mi hija viviendo allí, y es en ella en quien pienso cuando dudo. Mi maternidad es lo más importante para mí.  

Agradezco a la vida compartir este poema contigo; alguien que realmente puede entenderlo desde su aplastante realidad y sus posibles metamorfosis.

Que estés bien, y que la vida te sea maravillosa para siempre. Te bendice,

Martha

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