Diarios de BAires 2011


I.

 

 

Para ti

He caminado ciertas calles con las piernas de Alejandra. Esas piernas con las que corrió en medio de los autobuses descuidada, soñando con Paris, soplándole las hojas a los árboles de un otoño residual. Y su suicidio ilumina las puntas de las páginas tatuadas en mis dedos. Beso en la boca un tigre en el grafiti que pasó sin pena ni gloria ni oro por la ceguera de Jorge Luis, justo en una esquina de la calle Honduras, y mi lengua se convierte en escultura de cal y en óleo rojo fuego. Esta hierba de mate la comparto con Julio en la frontera exacta entre Recoleta y Palermo, sentados en medio del puente que tendieron Talita y la Maga desde Almagro hasta el Pont des Arts, con el humo del tabaco rubio inundando los pulmones y los pétalos que soplan desde el Quartier Latin. Llegué a Buenos Aires en mi pinaza color borravino, etérea, flotando, ligera como nunca, despeinada y anónima como grumete de un barco encallado en los mares invisibles de La Plata. Ernesto me advierte que cierre los ojos para mirar mejor esta  tarde que me penetra las pupilas, con la misma fuerza con la que el hombre que amo penetró mi vientre una vez en medio día, para dejarme después abandonada a mi libre albedrío, húmeda, jadeante y temblorosa en el templo blanco donde voy a rezar oraciones a la carne. Los parpados buscan el sol que se escapa por las rendijas de balcones antiguos, en los techos de taxis amarillos y negros. Me dibujo en cada puerta de esta ciudad que me conoce mejor que yo a ella. Me dejo morder por los perros del deseo y me llamo Vlía cuando enamoro a Juan Gelman. Me gusta el olor a continente y a pa-la-bra; sentirme desnuda detrás de los abrigos mirando los fantasmas maternales en la Plaza de Mayo. Amo los muslos apretados de la bailarina de tango dibujada en una cerámica de Boca y siento vivas, vivísimas, las variaciones de Piazzola en el acordeón de mis manos. Soy canción porteña donde vos sos silencio y risa hueca, donde tu voz se pierde en la sordera del gong. Virgen aleatoria de cúpula en cúpula, de ventanal a iglesia. Y quiero besarte aquí, morderte la boca aquí, apretarme contigo en esta brisa donde la única víctima del hielo soy yo misma, y esta lejanía de tu más profunda piel……

 Julio 8 del 2011

Buenos Aires, Argentina

II.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Carla y Pavel, pero sobre todo para Amneris

Mis hijos dejaron espejos en Alvear en los que me miro a mí misma y a un solo rayo de luz que recorre, enredado en mis piernas como cualquier sortilegio, las 25 cuadras de buscarlos en Recoleta.

Me divierto pensando porqué se mudaría a porteña una hija del sol como soy, y descubro que esta es una ciudad donde los perros arrastran a sus mascotas humanas con mucha responsabilidad. Aquél Gran Danés es un poco más alto que el cuarentón buen mozo que está en la punta de su correa. El Maltés blanco y coqueto besa en la boca a una señora rubia de voz argentina. El Schnauzer da de comer golosinas de colores a una niña.

En cuanto a los gatos, andan cuidando a los fantasmas en el cementerio de Recoleta, y son gordos, frondosos, enigmáticos, y por lo demás, como cualquier hijo del vecino, indiferentes.

Buenos Aires tiene la dignidad y el orgullo de no ser transitada por jeepetas. Cada vez me convenzo más de que las detesto, y tengo que recordarme a mí misma advertir a mi marido de que si se compra una de nuevo me divorciaré de él. Es una gran irresponsabilidad arrastrarse en una cosa de esas en una ciudad tan chica y tan tortuosa como Santo Domingo; consumirles el combustible a mis nietos y joder la capa de ozono solamente para competir en el certamen de quien es más comemierda que quién. Odio las jeepetas and that´s it, y esa sería una excelente razón para convertirme en porteña.

Otra muy buena razón podría ser la forma en que estoy habitando mi alma retro. Oír a Led Zepellin y a Emerson, Lake and Palmer mientras se arrastra un carrito en el supermercado es algo que nadie podría desdeñar. Estas mezclas de hippismo, punk, grunge, etc. en los vestuarios, me ayudarían a encubrir a la mujer dentro de mí que se niega a ser un producto de fábrica tirado en serie, y la locura de mis ornamentos pasaría desapercibida en este universo un poco detenido en el tiempo y que pasa del asombro por todo lo que sea original. ¡Aquí las mujeres de 40, 50 y 60, llevan el pelo largo suelto!

Las plazas, los parques, la magnificencia de las avenidas, los museos, los libros, el arte, jugarían su rol más esencial en este panóptico desde el que me contemplo en las ventanas de los arquitectos italianos que tomaron la ciudad un poco por sorpresa, dejando su impronta de escalas armónicas y de un urbanismo sobrio que acuna las estaciones del año en distintas tonalidades de gris y de verde, que se perpetúan.

Y como si fuera poco, amo como huele la gente,  como besa la gente, omo sonríe la gente en Buenos Aires. Pero este es otro diario que quizá debería contar más adelante.

Mientras tanto, sigo caminando y amando, transeúnte alada y luminosa.

 De algunos lugares me he ido ya, y no tengo regreso.

 

11 de julio del 2011, Buenos Aires, Argentina

III.

Para Harry Luis y Desiree

Miré a Amne en el balcón hablando por teléfono. Acabábamos de chupar unas ricas hierbas de mate en la cocina. Palermo Soho, 6 pisos más abajo, latía en Bulmes al 1500. La loza irradiante no nos dejaba, a mí, que acababa de salir de la ducha con mucha gripe, ni a la Nanina, que practicaba sus mapas interactivos en la laptop del bebo, ni a éste último que caminaba ensuciándose las medias para mi disgusto de mamá, darnos cuenta de la corriente de la Antártida que se colaba de prisa en el atardecer de Buenos Aires. Corrí en toalla a tomar la foto del cielo reventándose en el centro de una mano que mezclaba colores boreales y australes como para confundirnos a neófitos y principiantes, y volví a sentir el olor a palabras que me invade en esta ciudad que siempre ha pulseado fuerte por poseerme…. y que quizá finalmente lo esté logrando.

Cada ciudad tiene su olor en el imaginario que guardamos de ella para siempre. Así, por muchos años he dicho que si he de ser algo en esta vida, ancestralmente hablando, tendría que ser habanera. Porque el olor de La Habana se superpone a algunos que torturan fuertemente las veleidades del olvido, como mi volcánica memoria de San José, el almizcle en los vientos de Santiago de Chile o la sal de los erizos y del exquisito loco en Valparaíso. El grajo horrible de París, la humareda de hachís en la Rambla de Barcelona, el smog delirante de los taxis en Manhattan, los humores de la cordillera amarillenta que circunscribe Caracas, la dulzona intensidad con que nos sofoca Bogotá, o la terrible certeza de que no existe nada que no huela a mall en toda la Florida. San Juan con su olor sempiterno de lluvia ahogada en humo, ciudad de Panamá con su viento de caracoles machacados, Praga, que es presentimiento de eternidad y cementerio; Burdeos hecho de Tanya, vino, mercado y clochard; bacalao y cañas inundando el rush hour de Madrid; cáñamo verde, kif en Marrakech.  El Cantábrico en San Jean de Luz, el Pacífico en Isla Negra, el Mar Caribe que soy, y donde no hay sal los ríos y las lagunas, porque el agua, así como la música, tiene su lugar en la composición del collage que consolida la memoria de lo que terminamos siendo.

Sí, he viajado mucho porque me gusta irme y volver, aunque casi nunca regreso de ninguna parte. Por eso puedo decir que cada ciudad tiene su olor a COSA, a algo, a cielo tangible. Todas menos La Habana, que siempre huele además de a mar a poesía, Santo Domingo, que no me huele a nada porque acabamos no oliéndonos a nosotros mismos, y BAires, que huele, ya lo dije, demasiado a palabra, quizá resumida en los siguientes vocablos: mierda (de los perros en las aceras), papel, marihuana, asado…. Todo aquello que debemos decir o pensar algún día, y más allá de ello lo que no: la vidala donde la música se convierte en palabras, y la milonga… el tango,  donde sucede todo lo contrario.

Más frágil que el cristal”, en puntilleo de guitarra magistral de Julián Hermida, que se toca a sí misma como un bandoneón, y en los dedos del pibe al piano del que me enamoré locamente, inaugura nuestra noche en la Avenida de Mayo 1265 de la ciudad de Buenos Aires, donde se encuentra el lugar en el que comprendí finalmente el olor de esa ciudad.

Allí,  el restaurante-café “36 Billares” se abre a sus noches de tango que no son, definitivamente, para los turistas, sino para devotos de esa música que no existe más allá de la carne y de las palabras. Los miércoles, el mítico Alberto Podestá, primer intérprete en grabar “Percal”,  con potente voz aún a sus 87 años, y el mucho más joven Luis Filipelli, se acoplan como los dos amigos que dicen siempre haber sido. Gachi Fernández y Cristian Miñó arrastran su sensualidad en la tarima de madera, tangueándonos la vida.

La voz que se quemó en la bruma (…) La vi partir sin la palabra del adiós” es un tango que nos pone a moquear, dedicado a la cantante y compositora  Eladia Blázquez, llamada poetisa por todos sus colegas, quien se murió de cáncer en el año 2005.

Por suerte, vine muy bien acompañada a 36 Billares. Mi hijo Harry Luís y la princesa Amneris, se han volteado atrapados por la noche del escenario, dándome las espaldas para dejarse enredar en los pies de la gordita de carnes apretadas que hace rodar sus manos por los cabellos y el cuello de su pareja de baile, llenándonos del deseo de ser exactamente en ese minuto y para siempre, muy bien amados. Mi bebo dice “Oye mami, con una gordita como esa yo hasta me caso” (¡Qué manía tienen los hombres de creerse que nos halagan al decir que quieren cazarnos!). Mi hermana Desiree, la Nanina, con su temperamento reflexivo mira de frente el espectáculo de movimientos cadenciosos en absoluto silencio. Yo no puedo, lo confieso, despegar los ojos del pibe en el piano, mientras Arturo el mozo, que tiene mil años trabajando y fumando en el café, nos sirve “la picada”, el vino y la cerveza sin mirarnos, porque sus ojos también están fijos en el escenario. “Hay que querer el tango para trabajar en un sitio de estos”, nos explicaría después.

Como el puñal temido y añorado por Jorge Luis Borges en sus pretensiones de aristócrata que se acerca a la orilla, unos versos en la milonga me arrastran sin remedio al amor por esas sensaciones, esa música y esa literatura. Como siempre, inicio mi manía de escribir fragmentos en las servilletas, en lugar de usarlas para limpiar la sangre resultado de cortarme las venas con el tango de 1946 “Igual que una sombra”, que revive en la garganta de Alberto Podestá:

Hoy la vi después de un año,

hoy se cruzó por mi herida.

Iba hermosa mi muñeca mimosa,

iba al lado de otro dueño, mi sueño;

aquel sueño de mi vida.

Pero era igual su corazón

que en mi amor siempre está,

y en mis noches sin estrellas

ella es mi gran dolor.

Ella es una sombra

que nubla mi frente

cuando, sin querer, la nombra.

Es mi pasado, es mi presente.

Y yo no puedo borrarla de mi mente.

Ella en mis cuartetas,

ella en mis angustias,

ella en mi dolor de poeta;

como raíces de tango grises,

ella está en mi corazón.

Otra vez llega el invierno,

y mi vivir sin amores.

Ya no suena su llamado esperado,

y no escucho sus ternuras, tan puras.

¡Qué vacío me he quedado!

Pero es igual, corazón,

en mi amor siempre está,

de ella son mis versos tristes

tangos de dolor.

 

Y en ese justo momento pienso en ese poema de Macedonio Fernández que dice:

Amor se fue; mientras duró 

de todo hizo placer. 

Cuando se fue 

nada dejó que no doliera.

(Amor se fue)

Y es ahí donde intento VER y OLER las palabras en el tango, allí donde el aroma es madera rancia, es tabaco, es café, es tinto y es borgoña. Me doy cuenta de que no son sólo Alejandra, Julio, Juan, Ernesto, Jorge Luis, Adolfo, Victoria, Silvina, Macedonio, los que creo olfatear como gata husmeando la poesía, sino que son también los quejidos tiernos del amor, el chasquido de las lenguas que imaginamos, la pierna levantada en evocación de hondura y en reclamo de absoluto, la amargura y la gillette del desamor y el desaire, los que evaporan las páginas en las librerías porteñas donde supongo que siempre va uno por lana para salir trasquilado.

Hay un momento en que Don Alberto Podestá canta mirándome, y Amne se voltea para decirme lo mismo que yo siento: “Está cantando para vos”. Por eso, cuando todo termina voy a sus brazos como si lo conociera de toda una vida, que en su caso es de 87 años, y mi hijo que tanto se parece a su madre viene a abrazarlo también. Amne nos toma la foto con la cámara de la Nanina, y el bebo le dice:

“Es posibe que haya escuchado esto muchas veces. Pero por usted, esta noche, me enamoré de Buenos Aires”. Y el viejito bello ríe coqueto y nos cuenta que una vez estuvo en nuestra tierra.

Entonces nos vamos caminando a buscar un colectivo cerca de la 9 de Julio, escondiéndonos del frío pero risueños. Y yo no hablo porque ya sé que volveré muy pronto por las palabras, el viento y el sur que sabe a poesía.

Por todo eso y porque soy de esas pocas personas a las que les gustan el invierno… y sus silencios.

14 de julio del 2011,

Buenos Aires, Argentina

 

© Martha Rivera-Garrido

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Acerca de marthariveragarrido

Escritora dominicana
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Una respuesta a Diarios de BAires 2011

  1. Alejandra podría ser Pizarnik y gozaríamos con ella entre amapolas; Piazzolla, Ástor y sus callecitas de Buenos Aires que tienen ese qué se yo y ya sé que estoy piantao. Y loco él y loca yo y locos todos; Andrés Calamaro, el único que te muerda la boca mientras yo bailo y canto con Gotan y con Bajo Fondo dando gracias a Dios porque al Polaco Goyeneche y a la Gata Varela Cacho Castaña les escribió sendas canciones que sé de memoria; pero del templo blanco donde vas a ofrendarle oraciones a la carne, ni idea: parece que sí, que voy a tener que aceptar la loca invitación de mi hermana Francini de que nos vayamos este año para la tierra de la plata argenta a olvidarnos hasta de nuestros propios nombres y si se presenta Federico Aubele a regalarme postales en la esquina y a prometer que esa noche volverá a cantarte parapapapa, aprovecharé para preguntarle si alguna vez vio al fantasma de Borges acariciarte los rizos cuasi rubios y desgreñados y si, por fin, pudiste tocarle la fascia profunda al ser innombrado cuya presencia (o ausencia) gritas.

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