Inaugurando la columna de opinión “Mi boca es mi medida” en El Nuevo Diario online


José de Saramago se preguntó alguna vez qué clase de mundo era este, donde se gastan millones en enviar máquinas al espacio y no se hace nada para evitar el asesinato de un ser humano. Yo me pregunto lo mismo y en el camino me encuentro con él. Todo está condicionado por la primera pregunta. ¿Qué clase de mundo SOMOS? digo yo, puesto que el mundo SOMOS nosotros. Al empezar esta semana, y luego de los eventos que nos impactaron nacional e internacionalmente, mi primer pensamiento fue que debíamos iniciar una reflexión profunda. La gente que piensa está pensando (pienso yo). Tenemos que dar la cara por los demás, esos que viven para vivir sencillamente (nacen, crecen,  se reproducen,  gozan un poco, trabajan y mueren).  Esos que no están pensando y cuyas mentes están muy concentradas en lo inmediato. Pero todos somos el mundo. El mundo al que se refiere Saramago.

Sé, estoy segura, de que nuestras cotidianidades se complican con el ejercicio impostergable de, simplemente, vivir. Cada ser humano en tiempos de tormenta es una isla convocada a defenderse de las altas mareas, pero también de la calma chicha, de la discontinuidad vertiginosa de lo urgente, a veces imperceptible en tiempo y en espacio para cada subjetividad individual. Y cada ser humano se defiende como puede, como entiende que debe, siendo cada una de sus alternativas válidas y dignas de respeto. Todas con excepción de la ausencia de perspectiva de archipiélago o de continente, en esa utopía que nos ha movido siempre hacia adelante.

Voy a hablar de involucrarnos, y esto ya no lo entiendo tan sencillo ni tan ingenuo como hace unos días. Más bien me parece difícil y pienso que en los hombros de quienes estamos produciendo reflexión, pensamiento y ejercicio de resistencia, descansa la responsabilidad de llamar a la atención, de sacudir las conciencias de todos los seres humanos que están próximos, en nuestro marco de referencia y más allá, si es posible ese imposible que perseguimos.

Hay una percepción equivocada por parte de activistas e intelectuales, de las personas públicas y de todo aquél que mueve opinión y tiene poder de convocatoria, de que el concepto “todo el mundo” es aplicable al contexto de lo aparentemente evidente  en lo que toca a las crisis. Y el mundo que somos como humanidad, y el país que somos como pueblo, están enfrentando juntos y por separado una de las más grandes crisis que se recuerden. Una que atenta contra la continuidad misma de lo que somos (queremos ser). No “todo el mundo” está enterado de por qué resistimos. No todo el mundo está comprometido con esta resistencia, aunque a veces nos lo parezca desde la ventana donde los miramos. Y si esto es así, incluso para algunas personas que interactúan en las redes sociales (esas redes que han dado un golpe de estado a la prensa parcializada y manipulada, y que están reventando ya sea con información o con demandas), imaginémonos a aquellos rincones de la patria y del mundo donde no llega una señal de internet, donde nadie sabe lo que es un smart phone (donde se nace, se crece, se trabaja, se goza se reproduce y se muere, simple y llanamente).

Si bien es cierto que no “todo el mundo” puede ni tiene que jugar un rol destacado en la resistencia, ESTOY SEGURA de que con un poco de esfuerzo por parte de quienes entendemos el alcance de lo que está aconteciendo, TODO SER HUMANO estaría en la capacidad de aportar aunque fuera un granito de arena.

Mi propuesta es que cada uno de nosotros y de nosotras nos empeñemos en abrir los ojos aunque sea de cinco personas  para que logren ver lo que está pasando. Y hay personas, muy cercanas a veces,  con quienes nos damos cuenta de que el trabajo que tenemos es constante y es urgente. Si quiere hacer una prueba, pregúntele aleatoriamente a  un par de sus compatriotas dónde queda Loma Miranda y cuál es el peligro que enfrenta nuestro futuro si la perdemos en manos de FALCONDO. 

¿Por qué no hablar de manera directa con estas personas que sabemos que tienen el derecho de saber, de enterarse y de reaccionar? Si eres mujer, y sobre todo si tienes hijas o nietas, debes estar consciente de lo que significa el Código Penal que se está negociando en el Congreso Nacional. Si eres hombre, debes saber que el miedo que sientes de movilizarte frente a la represión, el que te impide apersonarte en una vigilia, en una concentración, en una marcha, es un miedo que tiende a afectar a todo aquél que resiste; es un miedo que resta y que pone en peligro a los demás, porque es en la unidad donde reside la fuerza y nosotros, nosotras, somos más que quienes tienen en sus manos las pistolas y las escopetas. Si eres maestro o maestra, desde el parvulario hasta el doctorado, el simple hecho de que SEPAS y SIENTAS lo que está ocurriendo te humaniza, te hace más crítico(a) frente al momento que vive la humanidad y el mundo que habitarán quienes enseñas; esa perspectiva crítica se convertirá en cultura, en actitud con la que educas, sin ni siquiera tener que mencionarlo. Si eres joven y estás viendo las fotos de la concentración frente a la Plaza de la Bandera, estudias en la UASD donde mataron un compañero, twiteas cualquier disparate como por ejemplo lo que estás comiendo, si te mencionan lo que ocurre en la Franja de Gaza y no sabes de lo que se trata, tienes que estar al tanto de que hay miles de jóvenes como tú YA resistiendo globalmente y en tu país, y tomando las riendas, como debe ser, de esa resistencia. Si eres niño o niña, tienes el derecho de crecer crítica, libertariamente. Este mundo no está para permitirnos cometer errores de omisión; es mejor pecar y errar por comisión, levantarnos, reparar y empezar de nuevo.

Quienes escribimos, reflexionamos, tenemos tribunas desde las que elevar nuestra voz, estamos comprometidos en debatir, plantear, proponer en nuestro entorno aquello que interese a lo que está pasando. Porque ES GRAVE ese “lo que está pasando”. Porque el mundo no va bien y esto no es pesimismo, es así y hay que revertirlo. Quizás solamente tengamos que mirar a algún vecino a los ojos y decirle: “Mira, nos estamos jugando el planeta”. Puede ser que te lo crea y preste atención. Y se decida a involucrarse.

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Acerca de marthariveragarrido

Escritora dominicana
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