Pensemos en el Futuro!!!!


“Ante toda señal de autoritarismo, de control sobre la ciudadanía, de apropiación privada de bienes comunes como el conocimiento social, el manejo desde corporaciones de intangibles como la base tecnológica del desarrollo acumulado por miles de generaciones sobre el planeta, ante la disminución y codificación de los sujetos individuales y sociales siempre hay que preocuparse y ocuparse. Hagamos ejercicio de ciudadanía global, actuemos como podamos contra esta propuesta. “

– Alina Cepeda

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Un relato…. ¿erótico?


Boca Azul de Cangrejo Azul

Miércoles y quizá haya que hacer algo. Nada importante, puesto que no estarás. D me invita al ciclo de cine argentino; tal vez. W me habló de salir a cenar; no creo. Hoy tampoco podré aventurar muchas cosas en la página. Este dolor de garganta mezclado con unas ganas desesperadas de tu cuerpo no me deja pensar en nada. Por eso, sólo te escribo a ti, estas cositas.

 Es bueno que sepas que antes de que despiertes mañana, te habré besado desde la punta de los dedos hasta el ombligo. Que en la madrugada me emplearé a fondo en escarbar laboriosamente dentro de esos pantaloncillos que no sé para qué usas en las noches; meteré las manos en ellos, inclinaré el cuerpo hacia ti y con la lengua te iré dibujando unos arabescos indescifrables en las orejas, sobre las sienes, bajo la nuca, hasta dejarte convertido en un mándala de saliva. Tú durmiendo te moverás, ladearás un poquito las caderas y se quedará suspendido tu ronquido, como una radio tocando bachata a la que se le va la luz de repente.

 Sin que entiendas todavía muy bien lo que está ocurriendo, me subiré sobre ti con mi pijama negro y transparente de brujita y tú, entreabriendo los ojos por primera vez, atinarás de puro instinto a sostener mi cabello entre tus dos manos en la parte trasera de mi cabeza, para que deje de picarte en la nariz. Entonces moveré la boca desde tu oreja hasta tus ojos. Te haré despabilarte con la humedad de mi lengua en tus lagrimales, tus párpados, tus mejillas y el nacimiento del labio superior, empujando hacia adentro de tu boca hasta encontrarme por fin con tu lengua, ya despierta por completo, tan avasallante y tan comparona como es ella, poniéndome bien difícil explorar acuciosamente el cielo de tu boca, como quiero.

 No me rendiré. Iré buscando que doblen las campanitas en tu garganta, y me acomodaré mejor encima de ti, sentándome sobre tu carne ya erguida hacia mi vientre. Y tú te moverás queriendo apagar la rabia que te da despertarte en mis dominios. Pero todavía no. Primero tendrás que morder el nacimiento de mis senos. Hacer girar la punta de la lengua alrededor de mis pezones. Chuparme el cuello y beberte mi perfume dulzón que te marea.

 Cuando mis humores corran por tu vientre tibio, me bajaré despacito dejando un sendero de babosas sobre tu pelvis, hasta encontrarte mas rabioso que nunca y dispuesto a asesinarme. Subiré un poquito las caderas para intentar sentarme sobre tu daga y dejarla que me corte, que llene los interregnos que existen entre cualquier cosa que se llame mi vida y mi muerte. Tu daga luminosa. Tu daga cercenando mi vientre y sus semillas. Tan dentro y tan adentro, que es aquí arriba, en la boca, donde voy a sentir su sabor a pez mojado en miel, a leche con vainilla cortada de limón, a metal afilado y salado en la puntita con mi sangre. Y voy a buscarte la lengua otra vez mientras bajo y subo frenética y concreta sobre tu espíritu hecho carne, tan mojada de ti y de mí, tan loca, tan desordenada, tan desacatada, tan desenfrenada, que tendrás que dominarme apretando mis cabellos hasta el dolor, dejando mi cara limpia como una luna en la que se reflejan tus ojos delirantes.

Pero yo querré más y gritaré tu nombre –Ay mi amor, mi cielo, mi vida, amor mío-.  Querrás morderme la barbilla y silenciar mis grititos de nuevo con tu lengua. Pero ya se te habrá hecho tarde, porque estarás demasiado adentro de mí y estaré demasiado llena de ti, y estallaré contigo para siempre, para alcanzar la eternidad de un solo instante en ese siempre, yo mar. Yo mar salvaje que mezcla entre sus olas el cauce de los ríos de tu sangre.

 Temblando, queriendo morirme porque… ¿ya para qué vivir? ¿Para qué vivir después de esta vaina tan grande que acaba de pasarme? ¿Para quién vivir ahora que tu miembro se recoge tranquilito y me acaricia con ternura, temeroso porque sabe que está saliendo del pozo caliente de lava y de cinabrio? ¿Para qué vivir si estoy tan fatigada que necesito una cámara de oxigeno? (“Oye, que tú y yo llegamos ya a la mitad de nuestro millaje”). Dime tú, ¿para qué? Si estás tan destemplado que cuando acaricias mis nalgas resbalosas con la punta de tus uñas no quieres ya nada que no sea añoñarte entre los rizos tornasolados que hace un segundo casi arrancaste de mi cráneo. Y cierras los ojitos haciendo un piquito con la boca, dispuesto a roncar de nuevo.

 Y parece que vas a dormirte otra vez pero no, porque me sobran los besos para tu cuerpo deseado, y resuelta, limpiando con mis labios el almíbar que empalaga aún la daga, quiero más. Quiero chuparte hasta que despiertes de nuevo, y lo haces, volteándote más rabioso que nunca porque otra vez he turbado tu descanso.  Me coges entonces, tú ahora de jinete, mirándome a los ojos desde arriba con miles de reproches y reclamos. Y crees que no, que no podrás, que ya es demasiado. Pero la vida, buscándose a ella misma está ganándote los huesos, los tendones y hasta el alma. Y me clavas todavía más hondo para ver si por fin me estoy tranquila. “Déjame matarte mujer del diablo, a ver si de una vez por todas encuentro el botón por donde te apagas”. Y yo, sumisa, te respeto como se respeta al asesino, humilde, casi servil, dispuesta al sacrificio. Dispuesta a no decir ni “ji” en tanto me sigas matando. Dispuesta a seguir mirando inocentemente, tontamente, cómo te sigues esforzando en darme una muerte  certera; en convertirme definitivamente en un charco en el que nos ahoguemos los dos, para verme por primera vez en tu vida a mí, tu pitonisa, callada. Te mueves sobre mi cuerpo como un criminal que se arrastra sigiloso hacia su victima. Y yo casi no hago nada que no sea pellizcar débilmente la piel de tu espalda y de tus codos, mientras me dejas una erupción encarnada y picante en las mejillas. Abusador. Mil veces tendré algún día que decírtelo, pero no ahora. No ahora que estás partiendo mi cuerpo en dos mitades. No ahora que estoy llegando de nuevo, desesperada, como si te hubieras muerto tú y yo estuviera llorándote.

 Llorando de tanto amor que me has dejado sembrado. Llorando de esta indefensión en la que nos quedamos los dos, sin matrimonio, sin hijos, sin nietos, sin colegas, sin amigos, sin casa, sin país, sin planeta, sin galaxia, sin universo. Solos en esta cama donde hemos dejado de ser esos otros nombres que desde hace un buen rato hemos olvidado. Solos sin guerras, sin artilugios, sin dinero, sin edad, sin hambre, sin ansiedad, sin esperanza, sin pasado, sin presente y sin futuro. Solos los dos en esta muerte pequeña de la que emergemos únicamente preparados para el silencio. Para mirarnos. Para que me perdones el infierno que te soy en esta madrugada, cuando te beso en la frente sin arrepentirme de nada.  Para que esconda mi cara en tu cuello. Para que me abraces y te abrace y te diga que te amo y me digas que me amas y otras de esas bobadas. 

Entonces, para que podamos cada uno dormir, para que pueda amanecer aquí donde estamos, nos quedamos otra vez muy quietos y nos acurrucamos. Ya ha amanecido en la ciudad y empiezan a sentirse los ruidos de la calle. La muchacha del servicio abre la puerta, entra el olor del café, suena el golpe del periódico en la marquesina. Tu mujer y mi marido se nos acercan con una esplendida sonrisa en sus dos caras, diciendo “buenos días mi rey”, “buenos días mi reina”, “cómo amaneces hoy”, “¿y qué pasó anoche mi amor que te estabas moviendo tanto?”.

© Martha Rivera-Garrido, 2011

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Stepping Out


(…. Y lo único que guardé de ti, de tu mirada,

envuelta la desnudez en gasas negras, fue la cicatriz….)

 

 Girl Stepping Out

 

Dijiste novia al tiempo de respirar el tiempo

Sin noches de presagio, sin mar ni condiciones,

Ni almuerzos de hojarasca, ni siestas con ventanas

 

Con luces apagadas para no ver la sangre

Donde la puñalada dibujaba una novia

Muriendo en su penumbra descarnada

 

Con mi voz argentina lejos te cantaría hasta donde no quiero saberte

Pero sé dónde estás y los rayos de luz se han ahogado allí mismo

 

En la gaveta de aire donde guardo mi voz

Junto a pétalos ajados de tu rosa inexistente

 

En el brazado de hierba arrebujada en pulmones de arcilla

En la llama que abraza la mariposa que espera y se desangra

 

En el único surco que mi cicatriz va dibujando

Ahí donde se esconde de tu aliento de pez,  de algas, de cianuro

 

En el lecho que nos prestaron ancestrales enigmas del grito y del silencio

En la carcajada de Artaud y en  jeringas para curar el amor y la locura

 

En una vida vivida de sus obscuras muertes

En una muerte que muere de sus obscuras vidas

 

En tu carroza de caucho donde paseas maquillada

A una medusa tibia, dulce y blanda en desbandada

 

 

Entiende que te amo más desde la tarde en que dejé de amarte

Desde que tu retrato es a un tiempo el vacío

Y la imagen de un óleo insoportable

 

Como los pájaros grises del Ozama

Como los puentes que nunca cruzaré en tu memoria

Como las piedras saladas de mis tantos arrecifes

Como la miel vespertina chorreando entre los muslos

Como los labios helados y el timbre del sigilo

Como la puerta ineludible que conduce a la nada que somos y que fuimos

Como la barcarola en frecuencia inaudible

Como la duermevela  triste de quien despierta y delira

Como los asesinados respirando letargos del olvido

Como la espada que cruza mi pelvis burbujeante

Como mis ojos de loca que nunca te encontraron

Como mi pelo barriéndole la sed a tu carne

Como mi sed extraviada en tu boca que miente sus verdades

 

 

¿Cómo podré decir silencio sin nombrarlo?

Entre tú y yo no hay destino que no sea el de lo profundo

De la tormenta breve como lengua en el beso

Me voy de tus frontales lejana de mí misma

Amarga como ajenjo que envenenó el amor

No quepo en la distancia de tu dedo a mi ingle

Ni en la mudez marchita de no decir adiós

 

 © Del poema Martha Rivera-Garrido (Septiembre, 2011)

 © De la Imagen Everett Shinn (Girl Stepping Out)

 

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Requiem para Los Prados y La Castellana


Yo

Viví 20 años en La Castellana, en una casa hecha a mi imagen y semejanza. La escala era perfecta, con espacios ni apabullantes ni pequeños, y mucho color en las paredes atisbadas de cuadros. Las reglas eran mías, el jardín  de mi esposo, el arquitecto que la había diseñado.

La Castellana es un lugar sumamente residencial y tranquilo, cuyos únicos problemas son la frecuente obstrucción de sus filtrantes en tiempos de aguaceros (ya que el barrio está situado en una hondonada al igual que Los Prados, su vecino) y el hecho de que en los últimos años se multiplicaron los robos, por la proximidad con Los Praditos, un sector bastante controversial y por demás hiperpoblado, lo cual nos obligó a tener serenos, poner alarmas, y mantener los portones otrora abiertos, casi clausurados.

Fui reina y señora de esa bella casa durante muchas vueltas al sol. Dos ojos enormes de cristal filtraban el cielo hacia cualquier ángulo de los rincones y paredes de la primera planta, y una columna, que siempre mantuve roja, se erguía en el centro del todo que mi marido concibió con su enorme talento, sosteniéndose sobre los pisos de un mármol tan pequeño como yo misma, amables con una dueña que gusta siempre de andar descalza por la vida y por su casa.

La escalera-escultura, que tantos elogios suscitó siempre, serpenteaba entre mis colores primarios y sus degradaciones: azul de Frida, rosado de crayola, amarillo pollito, rojo chino, etc., enmarcaban las muchas puertas y ventanas. En el jardín de Harry se emplazaba vibrante mi piscinita en los veranos, bajo los cocos que se encampanaron y junto a las orquídeas que con esmero y mucho celo él cuidaba.

Allí crecieron mis hijos y algunos de mis libros, y aceptábamos el hecho de que cuando llovía en La Castellana se inundaban las calles, porque estábamos juntos. Éramos una familia, y esa era nuestra casa.

Ante la indiferencia acostumbrada de las instituciones responsables, los propietarios de viviendas en mi calle nos reuníamos para pagar a compañías privadas que venían a rescatarnos cuando nos inundábamos.

Con algunos amigos entre los vecinos, uno que otro perro y hasta alguna vez un gato, cuando la lluvia nos aislaba cocinábamos sopas de habichuelas blancas, leíamos, cantábamos, peleábamos y llorábamos.

Pero vida fue creciendo de manera tal que las paredes no pudieron contenerla y se fue escapando por las muchísimas puertas y ventanas. Comenzamos a irnos poco a poco.

Primero fue Trilce, luego Pavel y un poquito después Carla. Se avecinaba la partida de Harry Luis a estudiar fuera, así que nos mudamos al lugar donde crecí, Arroyo Hondo, en un departamento pequeñito que me encanta, para no desplumarnos en un nido lo suficientemente grande como para ahogarnos en ausencias.

Soy de esas personas que no tienen regreso…. casi nunca. Por eso no camino mucho por algunas nostalgias, y la verdad es que para mí La Castellana empezó a sentirse muy lejana. Pero en un cruce fortuito por allí, lo que encontré apenas un año después de mudarme me produjo una inmensa sensación de tristeza y de impotencia.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando me tropecé con una de las calles laterales del Club de los Prados, la Max Henríquez Ureña, COMPLETAMENTE obstruida, inútil, cerrada, pudriéndose! Perpendicular a la avenida que separa Los Prados de La Castellana, lo que antes fue una calle residencial ahora aparece como una cañada de fango, desperdicios, decadencia, miseria y bascosidades.

No quise pecar por omisión y decidí traer al blog estas imágenes. Es una pequeña forma de resistencia y un homenaje al lugar donde habité los años más importantes de mi vida familiar. Creo que las fotos hablan por sí solas. “Este es un país que no merece el nombre de país, sino de tumba”, dijo una vez Don Pedro Mir, y así me sentí allí, tan cerca de la que fue mi casa.

No me extraña ver aquellos barrios donde crece la pobreza junto a la basura sucumbir en muy lentas muertes. Hemos tenido unos gobiernos bastante indolentes frente a la gran indefensión de las grandes mayorías que sobreviven apenas a la miseria. Así, los ladrones de DVDs y de televisores plasmas son frecuentemente linchados en el lugar de los hechos, cuando los encuentran con las manos en la masa, pero los ladrones ricos, los de apellidos rimbombantes, los políticos corruptos, los evasores de impuestos y los traficantes de vergüenza, esos, aun siendo no ladrones sino ladronazos, son hasta respetados.

Decía que a nadie sorprende ver un barrio de la parte alta de la ciudad arrasado de mugre y de desesperanza. Después de todo, nuestro síndico Roberto Salcedo tiene muchísimo tiempo para jugar golf en Guavaberry, pero esos callejones las únicas veces que los transita es encaramado en una jeepeta durante las campañas.

Esta ciudad nuestra, que está siendo asquerosamente mal administrada ante los ojos impertérritos de sus hastiados habitantes, ha comenzado a avanzar en una descomposición que, si no hacemos algo,  terminará arropándola como una telaraña gigantesca en la que todos quedaremos atrapados. Como muestra un botón: esta calle que traje retratada; como moraleja uno de los refranes favoritos de mi madre: “Cuando veas la barba de tu vecino arder pon la tuya en remojo”.

Digo estas cosas y siento la impotencia temblándome en las puntas de los dedos. Es que sé que para alguna gente que ha pagado muy caro el precio del abandono, la demagogia, la corrupción, el autoritarismo y la depredación a que nos han sometido nuestros own private infames, autodenominados políticos, lamentablemente se va haciendo demasiado tarde.

Para algunos niños del hambre, de esos que viven en los pequeños vertederos administrados por nuestros flamantes ayuntamientos, la suerte está echada. Otros, desgraciadamente, ya están muertos y enterrados.

A lo mejor se conduelen un poco ahora que la fetidez está llegandoles tan cerca a ciertos renombrados. Después de 20 años viviendo por allí conozco a algunos….. de esos desgraciados.

© Martha Rivera-Garrido

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Diarios de BAires 2011


I.

 

 

Para ti

He caminado ciertas calles con las piernas de Alejandra. Esas piernas con las que corrió en medio de los autobuses descuidada, soñando con Paris, soplándole las hojas a los árboles de un otoño residual. Y su suicidio ilumina las puntas de las páginas tatuadas en mis dedos. Beso en la boca un tigre en el grafiti que pasó sin pena ni gloria ni oro por la ceguera de Jorge Luis, justo en una esquina de la calle Honduras, y mi lengua se convierte en escultura de cal y en óleo rojo fuego. Esta hierba de mate la comparto con Julio en la frontera exacta entre Recoleta y Palermo, sentados en medio del puente que tendieron Talita y la Maga desde Almagro hasta el Pont des Arts, con el humo del tabaco rubio inundando los pulmones y los pétalos que soplan desde el Quartier Latin. Llegué a Buenos Aires en mi pinaza color borravino, etérea, flotando, ligera como nunca, despeinada y anónima como grumete de un barco encallado en los mares invisibles de La Plata. Ernesto me advierte que cierre los ojos para mirar mejor esta  tarde que me penetra las pupilas, con la misma fuerza con la que el hombre que amo penetró mi vientre una vez en medio día, para dejarme después abandonada a mi libre albedrío, húmeda, jadeante y temblorosa en el templo blanco donde voy a rezar oraciones a la carne. Los parpados buscan el sol que se escapa por las rendijas de balcones antiguos, en los techos de taxis amarillos y negros. Me dibujo en cada puerta de esta ciudad que me conoce mejor que yo a ella. Me dejo morder por los perros del deseo y me llamo Vlía cuando enamoro a Juan Gelman. Me gusta el olor a continente y a pa-la-bra; sentirme desnuda detrás de los abrigos mirando los fantasmas maternales en la Plaza de Mayo. Amo los muslos apretados de la bailarina de tango dibujada en una cerámica de Boca y siento vivas, vivísimas, las variaciones de Piazzola en el acordeón de mis manos. Soy canción porteña donde vos sos silencio y risa hueca, donde tu voz se pierde en la sordera del gong. Virgen aleatoria de cúpula en cúpula, de ventanal a iglesia. Y quiero besarte aquí, morderte la boca aquí, apretarme contigo en esta brisa donde la única víctima del hielo soy yo misma, y esta lejanía de tu más profunda piel……

 Julio 8 del 2011

Buenos Aires, Argentina

II.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Carla y Pavel, pero sobre todo para Amneris

Mis hijos dejaron espejos en Alvear en los que me miro a mí misma y a un solo rayo de luz que recorre, enredado en mis piernas como cualquier sortilegio, las 25 cuadras de buscarlos en Recoleta.

Me divierto pensando porqué se mudaría a porteña una hija del sol como soy, y descubro que esta es una ciudad donde los perros arrastran a sus mascotas humanas con mucha responsabilidad. Aquél Gran Danés es un poco más alto que el cuarentón buen mozo que está en la punta de su correa. El Maltés blanco y coqueto besa en la boca a una señora rubia de voz argentina. El Schnauzer da de comer golosinas de colores a una niña.

En cuanto a los gatos, andan cuidando a los fantasmas en el cementerio de Recoleta, y son gordos, frondosos, enigmáticos, y por lo demás, como cualquier hijo del vecino, indiferentes.

Buenos Aires tiene la dignidad y el orgullo de no ser transitada por jeepetas. Cada vez me convenzo más de que las detesto, y tengo que recordarme a mí misma advertir a mi marido de que si se compra una de nuevo me divorciaré de él. Es una gran irresponsabilidad arrastrarse en una cosa de esas en una ciudad tan chica y tan tortuosa como Santo Domingo; consumirles el combustible a mis nietos y joder la capa de ozono solamente para competir en el certamen de quien es más comemierda que quién. Odio las jeepetas and that´s it, y esa sería una excelente razón para convertirme en porteña.

Otra muy buena razón podría ser la forma en que estoy habitando mi alma retro. Oír a Led Zepellin y a Emerson, Lake and Palmer mientras se arrastra un carrito en el supermercado es algo que nadie podría desdeñar. Estas mezclas de hippismo, punk, grunge, etc. en los vestuarios, me ayudarían a encubrir a la mujer dentro de mí que se niega a ser un producto de fábrica tirado en serie, y la locura de mis ornamentos pasaría desapercibida en este universo un poco detenido en el tiempo y que pasa del asombro por todo lo que sea original. ¡Aquí las mujeres de 40, 50 y 60, llevan el pelo largo suelto!

Las plazas, los parques, la magnificencia de las avenidas, los museos, los libros, el arte, jugarían su rol más esencial en este panóptico desde el que me contemplo en las ventanas de los arquitectos italianos que tomaron la ciudad un poco por sorpresa, dejando su impronta de escalas armónicas y de un urbanismo sobrio que acuna las estaciones del año en distintas tonalidades de gris y de verde, que se perpetúan.

Y como si fuera poco, amo como huele la gente,  como besa la gente, omo sonríe la gente en Buenos Aires. Pero este es otro diario que quizá debería contar más adelante.

Mientras tanto, sigo caminando y amando, transeúnte alada y luminosa.

 De algunos lugares me he ido ya, y no tengo regreso.

 

11 de julio del 2011, Buenos Aires, Argentina

III.

Para Harry Luis y Desiree

Miré a Amne en el balcón hablando por teléfono. Acabábamos de chupar unas ricas hierbas de mate en la cocina. Palermo Soho, 6 pisos más abajo, latía en Bulmes al 1500. La loza irradiante no nos dejaba, a mí, que acababa de salir de la ducha con mucha gripe, ni a la Nanina, que practicaba sus mapas interactivos en la laptop del bebo, ni a éste último que caminaba ensuciándose las medias para mi disgusto de mamá, darnos cuenta de la corriente de la Antártida que se colaba de prisa en el atardecer de Buenos Aires. Corrí en toalla a tomar la foto del cielo reventándose en el centro de una mano que mezclaba colores boreales y australes como para confundirnos a neófitos y principiantes, y volví a sentir el olor a palabras que me invade en esta ciudad que siempre ha pulseado fuerte por poseerme…. y que quizá finalmente lo esté logrando.

Cada ciudad tiene su olor en el imaginario que guardamos de ella para siempre. Así, por muchos años he dicho que si he de ser algo en esta vida, ancestralmente hablando, tendría que ser habanera. Porque el olor de La Habana se superpone a algunos que torturan fuertemente las veleidades del olvido, como mi volcánica memoria de San José, el almizcle en los vientos de Santiago de Chile o la sal de los erizos y del exquisito loco en Valparaíso. El grajo horrible de París, la humareda de hachís en la Rambla de Barcelona, el smog delirante de los taxis en Manhattan, los humores de la cordillera amarillenta que circunscribe Caracas, la dulzona intensidad con que nos sofoca Bogotá, o la terrible certeza de que no existe nada que no huela a mall en toda la Florida. San Juan con su olor sempiterno de lluvia ahogada en humo, ciudad de Panamá con su viento de caracoles machacados, Praga, que es presentimiento de eternidad y cementerio; Burdeos hecho de Tanya, vino, mercado y clochard; bacalao y cañas inundando el rush hour de Madrid; cáñamo verde, kif en Marrakech.  El Cantábrico en San Jean de Luz, el Pacífico en Isla Negra, el Mar Caribe que soy, y donde no hay sal los ríos y las lagunas, porque el agua, así como la música, tiene su lugar en la composición del collage que consolida la memoria de lo que terminamos siendo.

Sí, he viajado mucho porque me gusta irme y volver, aunque casi nunca regreso de ninguna parte. Por eso puedo decir que cada ciudad tiene su olor a COSA, a algo, a cielo tangible. Todas menos La Habana, que siempre huele además de a mar a poesía, Santo Domingo, que no me huele a nada porque acabamos no oliéndonos a nosotros mismos, y BAires, que huele, ya lo dije, demasiado a palabra, quizá resumida en los siguientes vocablos: mierda (de los perros en las aceras), papel, marihuana, asado…. Todo aquello que debemos decir o pensar algún día, y más allá de ello lo que no: la vidala donde la música se convierte en palabras, y la milonga… el tango,  donde sucede todo lo contrario.

Más frágil que el cristal”, en puntilleo de guitarra magistral de Julián Hermida, que se toca a sí misma como un bandoneón, y en los dedos del pibe al piano del que me enamoré locamente, inaugura nuestra noche en la Avenida de Mayo 1265 de la ciudad de Buenos Aires, donde se encuentra el lugar en el que comprendí finalmente el olor de esa ciudad.

Allí,  el restaurante-café “36 Billares” se abre a sus noches de tango que no son, definitivamente, para los turistas, sino para devotos de esa música que no existe más allá de la carne y de las palabras. Los miércoles, el mítico Alberto Podestá, primer intérprete en grabar “Percal”,  con potente voz aún a sus 87 años, y el mucho más joven Luis Filipelli, se acoplan como los dos amigos que dicen siempre haber sido. Gachi Fernández y Cristian Miñó arrastran su sensualidad en la tarima de madera, tangueándonos la vida.

La voz que se quemó en la bruma (…) La vi partir sin la palabra del adiós” es un tango que nos pone a moquear, dedicado a la cantante y compositora  Eladia Blázquez, llamada poetisa por todos sus colegas, quien se murió de cáncer en el año 2005.

Por suerte, vine muy bien acompañada a 36 Billares. Mi hijo Harry Luís y la princesa Amneris, se han volteado atrapados por la noche del escenario, dándome las espaldas para dejarse enredar en los pies de la gordita de carnes apretadas que hace rodar sus manos por los cabellos y el cuello de su pareja de baile, llenándonos del deseo de ser exactamente en ese minuto y para siempre, muy bien amados. Mi bebo dice “Oye mami, con una gordita como esa yo hasta me caso” (¡Qué manía tienen los hombres de creerse que nos halagan al decir que quieren cazarnos!). Mi hermana Desiree, la Nanina, con su temperamento reflexivo mira de frente el espectáculo de movimientos cadenciosos en absoluto silencio. Yo no puedo, lo confieso, despegar los ojos del pibe en el piano, mientras Arturo el mozo, que tiene mil años trabajando y fumando en el café, nos sirve “la picada”, el vino y la cerveza sin mirarnos, porque sus ojos también están fijos en el escenario. “Hay que querer el tango para trabajar en un sitio de estos”, nos explicaría después.

Como el puñal temido y añorado por Jorge Luis Borges en sus pretensiones de aristócrata que se acerca a la orilla, unos versos en la milonga me arrastran sin remedio al amor por esas sensaciones, esa música y esa literatura. Como siempre, inicio mi manía de escribir fragmentos en las servilletas, en lugar de usarlas para limpiar la sangre resultado de cortarme las venas con el tango de 1946 “Igual que una sombra”, que revive en la garganta de Alberto Podestá:

Hoy la vi después de un año,

hoy se cruzó por mi herida.

Iba hermosa mi muñeca mimosa,

iba al lado de otro dueño, mi sueño;

aquel sueño de mi vida.

Pero era igual su corazón

que en mi amor siempre está,

y en mis noches sin estrellas

ella es mi gran dolor.

Ella es una sombra

que nubla mi frente

cuando, sin querer, la nombra.

Es mi pasado, es mi presente.

Y yo no puedo borrarla de mi mente.

Ella en mis cuartetas,

ella en mis angustias,

ella en mi dolor de poeta;

como raíces de tango grises,

ella está en mi corazón.

Otra vez llega el invierno,

y mi vivir sin amores.

Ya no suena su llamado esperado,

y no escucho sus ternuras, tan puras.

¡Qué vacío me he quedado!

Pero es igual, corazón,

en mi amor siempre está,

de ella son mis versos tristes

tangos de dolor.

 

Y en ese justo momento pienso en ese poema de Macedonio Fernández que dice:

Amor se fue; mientras duró 

de todo hizo placer. 

Cuando se fue 

nada dejó que no doliera.

(Amor se fue)

Y es ahí donde intento VER y OLER las palabras en el tango, allí donde el aroma es madera rancia, es tabaco, es café, es tinto y es borgoña. Me doy cuenta de que no son sólo Alejandra, Julio, Juan, Ernesto, Jorge Luis, Adolfo, Victoria, Silvina, Macedonio, los que creo olfatear como gata husmeando la poesía, sino que son también los quejidos tiernos del amor, el chasquido de las lenguas que imaginamos, la pierna levantada en evocación de hondura y en reclamo de absoluto, la amargura y la gillette del desamor y el desaire, los que evaporan las páginas en las librerías porteñas donde supongo que siempre va uno por lana para salir trasquilado.

Hay un momento en que Don Alberto Podestá canta mirándome, y Amne se voltea para decirme lo mismo que yo siento: “Está cantando para vos”. Por eso, cuando todo termina voy a sus brazos como si lo conociera de toda una vida, que en su caso es de 87 años, y mi hijo que tanto se parece a su madre viene a abrazarlo también. Amne nos toma la foto con la cámara de la Nanina, y el bebo le dice:

“Es posibe que haya escuchado esto muchas veces. Pero por usted, esta noche, me enamoré de Buenos Aires”. Y el viejito bello ríe coqueto y nos cuenta que una vez estuvo en nuestra tierra.

Entonces nos vamos caminando a buscar un colectivo cerca de la 9 de Julio, escondiéndonos del frío pero risueños. Y yo no hablo porque ya sé que volveré muy pronto por las palabras, el viento y el sur que sabe a poesía.

Por todo eso y porque soy de esas pocas personas a las que les gustan el invierno… y sus silencios.

14 de julio del 2011,

Buenos Aires, Argentina

 

© Martha Rivera-Garrido

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Julio, mi hijo y un poema…..


Poema H

 

Mi hijo tiene doce julios de milagro en la sonrisa

Doce certidumbres en los pájaros que duermen

el alpiste entre sus dientes y en la lengua de los gatos

que lo buscan en sus sueños coloridos

 

Tiene los mismos ojos de hambre

con que su padre tibio me desprendió las alas

en veintiocho campanadas de un febrero tormentoso

 

Derecho de relámpago tiene mi hijo en mis ciudades

Poder para sitiarme la vida y las ficciones

Cordel para amarrar estas manos esquizas del poema

Potestad de mi muerte si tiembla su alegría

 

Y esta noche mi hijo se acuesta con sus mieles

sobre las seis almohadas de mi loca cabeza malherida

Me mira de reojo batiéndome las páginas

que tuercen a la izquierda sus puntas luminosas

 

Masticando palomas desdobla los botones

de mi túnica breve y el cauce de sus ojos

escurre mis dos fuentes hasta sus diez deditos

cuando mi pecho blando abre flores lejanas

en las fosforescencias de sus negras pupilas

 

En latido y pezón ha dictado mi hijo

su sentencia implacable

Ha remado de vuelta en ríos de la sangre

Dime mamá si mías son tus tetas todavía

 

Y la desnuda madre que soy

virgen y espejo

ha cruzado los dedos para poder jurar

su mentirita blanca y su ángel de la guarda:

 

Si hijo y de más nadie

en esta puta vida

 

 (A mi bebo Harry Luis)

 

(c) Martha Rivera-Garrido  del libro “Alfabeto de Agua”

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21 de junio: solsticio de verano y cumpleaños de Luis Terror Diaz


Tomado de CieloNaranja

 

Poema T

Tú dijiste

(Apechurrados cinco cogiendo para la Zona

La hondita achicharrada teníamos entonces que

Movernos  en carro público con asientos de leather

Bajando a pié la Máximo Gómez hasta montarnos en la Independencia

Pasando por la casa de los Silvestre y de los Chemos

por Noveau  y por el Partido Comunista)

Que algún día me ibas a tener que dar un beso

Si yo me dejaba y si ganaba Balaguer las elecciones

Yo te dije suelta eso Terror

Nosotros somos panas y yo no soy de pino verde

Con esta rubia no te juntas tú montro

En ese tiempo te gustaban tus botas de vaquero

Darle estrellones a la guitarra y morderle las cuerdas

Y sacarnos sangre del alma a toditos tus amigos

Tatuándonos con los dientes en el pecho a Ciudad Nueva

Nos ahogabas  en tus toilettes y en tus olas malavaineras

Y les prendías bombillitos  a las cutáfaras que bajaban  

A la playita de Güibia riéndose chiviricas

Prendadas de tu imagen maratónica en el Malecón

Nueva York  estaba casi lejos

Pero lo traías en la sangre y en la greña

En dos o tres elepés que dejaste botados en Bonao

Y en la lengüita de Linda que no te cogía cortes

Ni había oído a Convite en la UASD de los 12 años

Me miraste en el carrito público y dijiste

Hermanita usted se ve  que nunca ha pasado hambre de besos

Que nunca se le han planchado las puntas de los dedos

Que no ha barrido las suficientes tristezas

Y que su cama no tiene hoyos en el medio

Y seguiste

Si gana Balaguer esto va a coger fuego

Para gozar tendremos unos con otros que cogernos

Eso será palo viene y palo va

Macana de policía enganchado a loco

Hemos hablado muchas pendejadas 

Sin saber que lo que nos espera es el cementerio

Yo creí que tú lo que tenías era un badtrip

Que la juventud no podía hacerle caso al slogan

“hombro con hombro junto a Balaguer”

Ese asesino perverso

Y llegamos a Casa de Teatro y se nos olvidó la charla

Balaguer ganó después hasta que le dio la gana

Y el mundo no se acabó y  seguimos siendo panas

Pero nunca dejé que me dieras tu famoso beso

Y no me arrepiento

 

(In memorian Luís Terror Díaz)

 

(c) Martha Rivera (del libro Alfabeto del Agua)

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